miércoles, 7 de septiembre de 2011

WANKAR Y TINYA



El no podía ser desconsiderado, después de todo era un amigo y le tenía fe a su lealtad. Me dijo una vez que su situación estaba bajo el dominio de su mundo interno, un mundo que él mismo no entendía pero que trataba de llevarse por las buenas. Yo no era bueno para subjetividades ni mucho menos para dar consejos, aún así le hable de Freud, un tipo que me había caído bien y a quién había depositado grandes esperanzas en el campo que más me preocupaba: el sexual.
- ¿Porqué te vistes de negro?- Le pregunte;
Y el me contesto algo aturdido, con el ceño fruncido y los ojos volando como daga hacía mi.
- Y a ti que mierda te importa...
Me quede comtemplandolo después del giro que hizo con su cabeza hacia el vacío que prefería observar y de la respuesta algo fuera de foco pero totalmente encajada para la impertinente observación que le hice, que tal vez debí hacer hace tiempo, y le dije:
- Bueno, yo nomás preguntaba.
Estuvimos sentados, observando la delineada construcción de la calle que se extendía para el sur, que iba formando un callejón empedrado y súbitamente alardeaba de estilos casi coloniales. Dejamos de tocar las guitarras y nos dejamos sentir una vez más con el frío triste y con el viento helado que chocaba a nosotros sin atenuantes.
Él me miro extrañado y comprendió que necesitaba de una disculpa que no me lo daría pero que era suficiente insinuarla, y de nuevo esas manos delgadas arremetieron al torso de la guitarra explosionando en vuelos tanto poéticos como libertades denunciadas. “si el sonido dice ser melodía, el zumbido no sería más que mi expresión estúpida de sentir la vida, soy consciente del discurrir, corriente abajo, dentro del espiral que se pierde conmigo, cuando busco algo que no sé que es.”.
Se detuvo un instante y me dijo sin voltear ni moverse.
- ¿Cuándo hiciste el amor por primera vez?
- Cuando tuve nueve años....- le conteste.
Y nos reímos a grandes carcajadas que las guitarras cayeron como bolas de nieve y que nos apresuramos a cojerlos un poco extasiados por las circunstancias. No puedo decir que la pregunta también hubiese merecido una aventada de madre lo cual lo analice por un par de segundos y concluí que yo no era un atolondrado ni un reprimido sexual, así que le conteste con la sinceridad que me embargo ese momento, es decir: la verdad.
Por lo general suelo mentir en estos temas pero creí que no hacía nada de malo diciéndole la verdad a un amigo que consideraba leal desde todo punto de vista. Así que; le conté lo justo y necesario:
Fue en el año de 1982, probablemente el mes de Junio y Julio cuando por ocurrencia de la familia se dijo que los niños dormirían en el suelo, tendidos en un par de colchones. Yo empezaba a dormir cuando sentí las manos de mi prima, me entro unos escalofríos de “pe” a “pa”. En un primer instante me dio miedo, pero claro, pasado unos minutos accedí más y más. Estoy seguro que ella tendría sus diez años y averiguar estas cosas a esa edad me parecía audaz por no decir impuro. Se podría decir que aquella noche perdí la castidad e hice el amor por primera vez.
Él se calló mirándome estampado por la conjetura de la realidad y la fantasía, y de nuevo soltó otra melodía en lo diáfano que sé comportaba la tarde. “Unos cascabeles suenan, a ritmos que la vida entiende, que el infeliz osa decir no, unos cascabeles suenan y no sé sinceramente como son”.
Intente acompañarle en Re menor, pero no pude y salte a otra nota que ahora no lo recuerdo bien. Nos dejamos llevar por el horizonte jaspeado y el celaje que se iba formando a nuestras espaldas, era aquél un cielo que entraba a una noche más, inédita para nosotros como otra cualquiera que aparecía y conjugaba con el frío una nostalgia melancólica, porque debo confesar que esto era un dialogo melancólico y a la vez estúpido. Estuvimos tres semanas en la inercia de construir aquella melodía que no nos salía, que era imposible y que se resistía a identificarse. Wankar y Tinya seguían sonando a pesar de lo hipócritas que eran sus altos y sus bajos. Wankar era mi guitarra española con un nombre, por demás: pendejo. En cambio Tinya sonaba más a hijo de lo profundo como su dueño me quería hacer creer. Era evidente que nosotros estabamos perdiendo paciencia y talento en estas tres semanas de exploraciones vanas pero que por otra parte, nos hizo compenetrarnos en el tema insano e impuro de la sexualidad. Romper los esquemas de la discreción fue una tarea difícil y colosal dada la incertidumbre que mostraba el que llevaba a Tinya.
No me arrepentí de la confesión que le hice, se podría decir que nos ayudo a resquebrajar el helado espíritu de la sinceridad entrando cada vez más al complejo dirimir de nuestra ansiada melodía, aquella melodía que buscamos por más de veinte días.
En un momento se me ocurrió buscar una quena y mientras Tinya sonaba encegadamente, mi quena reventaba y una vez más nuestras palabras eran melodías que se entre mezclaban en el entorno nuestro. El dialogo era musical hasta casi perfecto, con ritmos inocentes que asemejaban una melodía de viento atravesando campos en plena tarde.
- Yo crecí con problemas familiares. Mis padres solían tener discusiones que más tarde se convertían en atropelladas formas de discutir y terminaban golpeándose. La peor parte siempre la llevaba mi madre.
- ¡Qué pena!.- me acongoje a decirle.
- Todo este espectáculo lo presencie desde los cuatro años, tal vez tres años. La última vez que vi esta situación fue hace dos años cuando mi padre después del hecho se largo a otro país.
- Bueno que puedo decirte.- Le dije.
Debí guardar la quena, escondiendo la melodía que ya sonaba a caliente estremecimiento de lo que buscábamos hace tres semanas.
Los cabellos negros rebotaban con la ventisca y aquél verde blando de sus ojos me ahogo de sobre salto cuando volteó la gorra de béisbol hacia atrás y dejo los lentes oscuros en una de las piedras de alrededor.
- No te conté estas cosas porque creí que no era necesario.
Lo miré con el ceño hacia arriba y la expresión de admiración más natural que me salió. No le conteste al instante porque preferí encender un cigarrillo que había encontrado en el bolsillo izquierdo de la casaca y que había pensado fumarlo en intervalos de canción a canción. Fue rápido que vi el encendedor prendido con una llama de fuego que volaba hacia el oeste, que se resistía a perderse y que aproveche para prender mi cigarrillo. Habíamos tendido las fundas de las guitarras en la afloración rocosa en la cual estabamos sentados. Un montículo de formaciones geológicas, rocas de origen marino que formaban un paisaje carstico. Un lugar apacible y tranquilo, preferido por nosotros gracias a la soledad que se formaba en las tardes de sosiego de esta ciudad. Mi cigarrillo desprendía ceniza y humo dibujando figuras inexactas de gases en el horizonte, luego pasaba el cigarrillo a mi amigo que exhalaba un poco y caricaturizaba su entorno como sacerdote indio en ceremonia. Nuestro silencio hablaba más que nuestro léxico, gritaba y discutía más que nuestras miradas. Debo suponer que nuestras tardes solitarias de composiciones musicales eran encuentros con el viento y el frío, con la gente que se desplazaba a cierta distancia, algunos apresurados, otros cansados, por ahí, niños jugando, persiguiendo una pelota pequeña color blanco con hexágonos en su envoltura. Mientras Wankar y Tinya descansaban en nuestras piernas, mientras la soledad se hacía más compleja, más histérica. Probablemente en esos momentos era donde la inspiración aparecía, donde no se necesitaba de palabras, ni de diálogos y sólo uno se dejaba llevar por la tarde vespertina, por el contubernio de la sociedad, por la hipocresía de la vida y entonces las ideas afloraban y los pensamientos se construían y buscaban respuestas perdurables a incógnitas que estaban clavadas supuestamente en nuestro ser. Mi amigo y yo no teníamos mucho que decirnos porque la expresión musical lo decía todo, aclaraba todo, limpiaba egoísmos y nos enfrentaba a buscar respuestas, a plasmar respuestas en melodías que necesitaban ser expresadas con versos, quizás con prosa, ¡no lo sé!. Sin embargo Wankar y Tinya seguían quietecitos, admirados por el silencio que los asustaba, porque está de más decir; que ellos deseaban ser parte de esta vida, no entendían compartir cigarrillo tras cigarrillo, no entendían el humo blanquecino que pululaba en el ambiente. Ellos deseaban integrarse a la soledad mediante ritmos, sonidos, decían ser la alternativa a la vida, la alegría incrustada en corazones ajenos, porque ellos no tenían corazón, ellos eran parte del corazón de sus dueños, ellos eran parte de sus sueños, de sus ideales. Un órgano más en esta interminable vida biológica. Wankar y Tinya no perecerían por su paciencia ajustándose a un rincón del cuarto oscuro o entre las piernas de sus dueños tarde tras tarde. Wankar y Tinya pasaban a formar parte de las lagrimas, los problemas, la idioteces, los ideales de sus propios dueños, pero a la larga eran instrumentos musicales y nada más.
El cigarrillo desaparecía como aroma vicioso y las cinco de la tarde grillaba en nuestro lugar preferido por tres semanas más. Wankar y Tinya volvieron a sonar, sonidos prolongados, chillidos rascados, cambios bruscos. La sincronización de acordes que se acoplaban al libre pensamiento, por fin esa melodía añorada por veinte días. Una melodía huidiza, dulce a la vez. Nuestra melodía no se mostraba fácilmente, era misteriosa, tenía caídas y luego se vaporizaba en timbres suaves, austeros, algo tímidos. Nosotros sabíamos que lo habíamos encontrado, nuestras miradas se cruzaban a cada instante y comprendían la emoción del momento, comprendían que nuestros problemas se identificaban en la melodía huidiza, no necesitábamos de explicaciones. No podíamos creer en consejos de papá o de mamá o en los deseos de volver a trabajar, ni siquiera nos podíamos imaginar que habíamos dejado el trabajo por el relax urgente, por la búsqueda de valores perdidos. Con toda sinceridad el dinero y el amor habían llegado a tomar iniciativa en nuestras vidas cuando no debía ser así. Nosotros sabíamos eso, sólo que no lo decíamos a raja tabla ni con llanto mesurado, mucho menos nos metíamos unos tragos para calmar la inconsistencia de las cojudezas que nos pasaba. Para que comentar que la familia era creación estúpida de la civilización, por un momento matriarcal y ahora patriarcal con signos monógamos por demás una sandez religiosa, que lo comprendí cuando me pregunte el porqué mis padres se habían separado, y cuando escuche decir a mi amigo que su padre se había largado a otro país. Yo no necesitaba hablar con un psicólogo. Nosotros necesitábamos dialogar musicalmente para poder encontrar una respuesta, una respuesta con características terapéuticas, donde no buscábamos psicólogos, padres, amores, maestros, etc., sino la verdad que nos ocultaban, porqué ellos ni siquiera se daban cuenta de la mentira verdadera. Total nuestra melodía no tomaba valores opuestos como la verdad y la mentira, no creaba categorías sociales, ni teorías, ni leyes, ni huevadas materiales o rigurosas. Nuestra melodía ablandaba el instinto artístico, la mente artística, aquél segmento que sólo los artistas pueden entender, aquél tiempo que no sé paga, que no tiene precio, que el arte no concibe en cifras ni en abrazos. Nuestra melodía correspondía a sentir el llanto, la soledad, la respuesta urgente, el amor, etc., todo junto, un coherente propio y complejo. Wankar y Tinya no nos reprochaban por ajustarles las cuerdas, por sonar en sus cajones y dibujar en sus trastes los acordes necesarios que revivían los golpes que mamá nos diera, que ellas nos dieran, que el trabajo nos dio.
Esta tarde quedará grabada en el capo traste y en las huellas rasgadas de cada segmento entre traste y traste, entre disonante y disonante de Wankar y Tinya.
Lo necesario que debe ser gritar cuando se debe gritar y hacer música cuando se debe hacer, debería ser el lema de libertad para esta ocasión, pero no fue así porqué nosotros estabamos calladitos, apagados en los labios, sólo era menester la melodía que habíamos construido llevándose minutos preciosos que no volverían.
Mi amigo y Yo nos observamos en silencio y sabíamos que los problemas estaban resueltos. Ya no sería necesario correr tras las faldas de mamá o los pantalones de papá, ni ir a dar vueltas por la casa de ella a quién supuestamente amaba y por quién derrochaba tiempo a montones, no iría a embriagarme con alcohol ni con juegos estúpidos…
Algunos amigos podrán preguntarse: ¿Cómo es que lo hicimos?. Fue muy fácil les diría. Por ejemplo, estamos de acuerdo en que yo soy un idiota haciendo poemas de amor inspirados en alguien que no me ama y que probablemente ni me quiera en muchos años a la redonda, sin embargo; la satisfacción espiritual esta en no darle a ella mis poemas, está en glorificar los poemas al concepto trillado del Amor. Es decir; es mejor sacrificarlo en el altar del Amor, el Amor que es de todos: de las piedras, de los ríos, del cielo, de mi familia, de Dios, del infinito, de la onda de radio que viaja a mis oídos, del timbre de mi voz que suena a medías cuando lloró, cuando suspiro y apaga mi pensamiento. El amor es supra estructural, es un nicho más dentro de la escala de la vida, no es solamente de alguien para alguien. Imaginemos que mamá es así, porqué siente amor hacia mi, sacrifica su amor en términos biológicos, en su vida que podría ofrecerla, a su manera, a su forma, con sus métodos, con sus conversaciones dirigidos al progreso, el ente material. Dime tu: ¿Qué mamá no quiere que su hijo viva mejor que ella?. Exceptuando los casos raros que por su trascendencia no tendrían porque encajar acá.
Ahora la melodía que sigue sonando y que aún no tiene letras afirma que escuchemos sin dramas, sin prejuicios, sin leyes divinas, sin conceptos ultra modernos, solamente escuchemos y luego de haber callado, decir: Te amó mamá, gracias mamá, sabremos entender que por fin pude escuchar. No obstante entiendas el objetivo, el fin, lo que tu sabes y lo que ella no sabe, o sea la diferencia.
Por otro lado, el problema sexual es guaja aparte, es una guadaña envuelta en manteles que vuelan hacia la experiencia de nuestros amigos y de nuestra atrofiada mente. Yo ame a muy temprana edad y no me arrepiento de decirlo, no me aventajo a tantos otros escritores que se iniciaron con prostitutas o masturbándose. Yo los dejo ser, porque cada uno sabe que de niño amar, es vivir, es traspasar el libido, es amortiguar con creces lo que en el futuro vendrá. Yo ame de niño y de joven valore amor más que un agarre. Mi amigo sabe perfectamente que mientras esta melodía dure, yo no seré un hombre justo ni completo porque vaya uno a saber cuando sé es justo y completo, de repente cuando habiendo valorado la magnitud del amor que se inicia de niño se ve como modelo tipo: la pareja eterna, perfecta y sin defectos. Yo no voy contra los modelos, porqué nuestro melodía no podría considerarse perfecta para darnos respuestas a pesar de haberlo buscado por tres semanas, a pesar del consentimiento de Wankar y Tinya, otrora sería el caso. ¿Quién me dirá que la música te da respuestas? ¿Quién dirá que es modelo?. ¡Solamente nosotros! No estaremos equivocados. Mi amigo y yo sabemos que amar va más allá del bien y el mal, va más allá de modelos y ejemplos. Yo amaré cuando me de cuenta que estoy cumpliendo con sacrificar al amor, la melodía que ahora despotrica y educa, carajea y llora, admira y se pregunta… todo junto. Tanto Wankar y Tinya lo entiendan así, así ellos nos serán importantes como materia, nos serán indispensables y reemplazables, tanto así como lo queramos nosotros.
A final de cuentas, porqué nosotros tenemos que buscar respuestas en tardes de otoño, no sería mejor vivir con sufrimientos, con amnesia, con insomnio… y nuestra melodía dejo de sonar.
Busque otro cigarrillo y mi amigo me dijo:
- Me largo de este mundo.
Y yo le conteste.
- Si quieres te acompaño.
Nos fuimos corriendo al puente, observamos a Wankar y Tinya un instante, por cierto estaba quietecitos, dimos la vuelta y saltamos…
La muerte nos rechazo por e-nesima vez y salimos del agua a solucionar primero, el problema de Wankar y Tinya que se los estaban llevando unos mierdas. Corrimos tras esos tipos, mojados hasta las botas, dejando huellas de agua a doquier, con las casacas embolsadas de agua, figurándonos payasos por los pasos desaliñados y el sonido de las pisadas.
- Oye ladrón deja mi guitarra.- Grite
Cuando el ladrón imbécil se tropezó por voltear y al caer, Wankar caía y yo volaba encima del ladrón empotrado de agua, exprimiendo en la cara del sinvergüenza golpes que él me los rechazaba y en algunos casos me contestaba.
Mientras mi amigo hacía lo mismo metros adelante. Nos dimos una trompada de “pe” a “pa” que resultamos heridos, sólo recuerdo que ciertas personas nos separaban, a la vez que yo sangraba por la boca y mi amigo no podía caminar. Llegamos al hospital con fracturas que no fueron producto de la golpiza con los ladrones, sino de la caída del puente. Mi amigo tenía roto un pie y yo varias costillas que habían comprometido los pulmones. Sin embargo. Wankar y Tinya salieron ilesos y seguían a nuestro lado, cama a cama, cuando de momentos nos observamos y empezamos a sentir la melodía huidiza. Wankar y Tinya sonaban solitarias y las letras de la canción aparecían volando en nuestro pabellón de cuidados intensivos. Mi amigo había sufrido múltiple fractura y yo también, de esto nos enteramos por la melodía que sonaba y cuyas letras cargaban:
En un instante, el vacío de mi vida;
Me devolvió a la insensata realidad,
Yo por ayuda y tu por ciego,
Irnos dé este mundo…
Somos niños estúpidos,
Y madurar no esta como fin,
Esta como soberbia y ofensa…

Willkanina Diciembre 2002

ES HORA DE QUE TE HAGAS HOMBRE


Hoy día, me levante para ir a buscarte. Recordaba de ti, los ojos achinados, pequeños y bastante oscuros. Tus cabellos estaban ensortijados cuando te vi de muy cerca, la piel tersa y tu forma delgadita se adueñaban del viaje, aquél viaje que hicimos. Un viaje largo.
Hoy salí a las calles de esta ciudad para tratar de encontrar alguna coincidencia con tu sonrisa, tus palabras, tus historias pero me di cuenta que una vez más perdía el tiempo. No es fácil ubicarte. ¿Dónde estarás?
Hoy siento que te quiero, que te extraño y me es vagabundo, tortuoso a veces ¿Dónde te busco? No sé. Tampoco sé porqué nunca te pedí tu nombre, porqué te fuiste rápido, no sé porqué escapabas y ahora que reflexiono y recuerdo creo que fue por lo que te conté, ese secreto, ese misterio, el tema ése. No es que lo haya hecho de mala intención, por el contrario, lo hice para compartir lo que nos sucedía indistintamente. Recuerdo que íbamos juntos en la parte trasera de un taxi, en esta ciudad que es horrible, que a veces ya no soporto. En un principio mirabas por la ventana y luego hablabas mucho, me comprometí con tu conservación. Aún así me quede sin el nombre. ¿Cuál será tu nombre? Comencé contándote que yo había venido a esta ciudad por inercia, como traído por el viento. Mi padre viajaba en un taxi por el centro de la ciudad e hizo detener el taxi para de un puntapié en el trasero arrojarme a la intemperie, o sea, a esta horrible ciudad, caí al piso caliente, duro y amargo, y en aquél momento unas lágrimas caían en mi rostro y sentí que el piso era caliente. Como era de madrugada no había gente, no caminaban como lo hacían por la mañana y por la tarde, esa gente que vi después por un día entero esperando a mi padre, esperando su vuelta en el mismo lugar, pero él no volvía ni tenía intenciones de volver porque al momento del puntapié escuche su voz que decía: “ya es hora de que te hagas hombre…” y caía al piso caliente, todo estúpido, mientras el taxi se alejaba y yo lloraba de libertad. Me quede sentado un día entero y el viejo no regreso, para ese momento ya sabía que estaba frente a un edificio y una plaza, una plaza que le llamaban “Parque Universitario”. Camine por las calles dando vueltas en forma cuadrada para no perderme y volvía al lugar donde caí por primera vez arrojado por ese viejo de mierda. No deseaba ir tan lejos, así que ubique una casita abandonada cerca de otra plaza. Me acomode en mi nueva casa aunque no lo hacía solo, venían a ésta, orates, ladrones, borrachos, etc. Todos utilizábamos nuestra casa como un alojamiento, que no era de cinco estrellas obviamente, pero ahí estaba, siempre disponible. Esta casa tenía dos pisos, una sola entrada que te comunicaba con una amplia sala y un baño. La parte superior estaba destruida, muchas veces se podía ver la desintegración espontánea, como todas la casa viejas, coloniales le dicen por acá. Aún hoy se puede llegar al segundo piso mediante una escalera.
En la parte posterior del baño existía una puerta que nadie abría, porque dicen que es peligrosa. Yo lo intente los primeros días que estuve alojado y no pude.
Acomodarse a esta horrible ciudad no fue difícil, seguí caminando en cuadrados y ubique un hospital muy grande que no quise dar vuelta, continué en línea recta y encontré trabajo, un trabajo de cargador, porque ahí vi los dos grandes mercados que jamás he visto en mi vida, trabajaba gritando, ayudando, a mi no me gustaba robar porque no era de correr, era más estático, así que deseche ese trabajo, lo mío era cargar por un tiempo, luego vender papas, volver a casa después de un buen caldo de gallina. Yo tenía doce años y estuve ahí hasta los quince y fue a esa edad que conocí a Luis Jiménez. La primera vez que lo vi, yo iba al trabajo de madrugada como de costumbre y el estaba sentado en la plaza, la otra plaza que no era el “Parque Universitario”. Luego lo volví a ver a la semana siguiente y al mes también, así nomás un día me abordó y me dijo: “tu vives en la casa aquella” y me lo señalo con un de los dedos de su mano derecha. Yo le conteste: “Si”. Me di cuenta que no era de acá, no era de esta ciudad de mierda, creo que era de mi ciudad. Sus ojos negros, la mirada pensativa con su cabello ralo dibujaban en su rostro un deseo escondido. No era alto ni fornido, más se parecía a mi con la diferencia que yo llevaba una ropa de mierda y el estaba acurrucado de papeles. Me dijo: “De quién es la casa”. Y yo le conteste: “de todos”. “¿Cómo es eso?”. Me pregunto. Como estaba con el tiempo apremiado le hice comprender que cualquier persona iba a la casa y podía utilizarlo bajo ciertas reglas nada más y si el deseaba podía ir. Así que me despedí y me fui para el mercado. Al regresar encontré a Luis Jiménez dentro de nuestro alojamiento, como a nadie le importaba, lo único que hizo fue extender una especie de frazada que el llamaba “bolsa de dormir” y que a mí me gustaba mucho. Había tomado un pequeño rincón y aparentaba ser un desposeído más, un desilusionado social, un arquetipo de lunático sapiens. Así lo creían los otros por verlo con tanto papel en su entorno. Algunos creían que era un abogado, otros que era un erudito. Yo no le preste mucha atención, sino fuese porque había indagando acerca de quién era la casa. Luis Jiménez buscaba algo y eso si me hacía cómplice porque yo también deseaba abrir la puerta que se encontraba en el baño. No estuvimos mucho tiempo sin decirnos algo hasta que él hablo: “Cómo se abre la puerta esa” y medio a entender que se trataba de la puerta que estaba en el baño. Yo le dije: “Qué puerta”. Y el me volvió a decir: “la puerta que todos tiene miedo a abrir”. Yo me asuste, no conteste, por lo que me hizo entender que yo sabía algo y que callaba. Se acerco a mí sin amenazas y me mostró unas figuras. Yo lo observe muy detenidamente y parecían ser hombres con faldas, algunos cargaban objetos, a esos los reconocí rápidamente porque yo también llevaba objetos de la misma forma. Tenían unas faldas con cuadros incrustados al borde. En realidad creo que eran fuertes, tenían mi color, mis ojos, mi rostro, mi cabello tan largo como el mío. Así que le pregunte: “¿Oe cómo te llamas?”. Y él me contesto: “Luis Jiménez” “¿Y quiénes son?” pregunte estirando la mano abierta hacía las figuras.
-Son incas- Me dijo
-¿Y dónde viven?- Le pregunte, y él estallo en risa y admiración.
-¿No sabes quiénes son los incas?- Me dijo. Y yo le conteste: “NO”. Sinceramente pensé que los Incas vivían en un lugar cerca de mi ciudad, aquella ciudad que recuerdo vagamente. En realidad era un pueblo pequeño. Había casa que no era como las que hay en esta horrible ciudad, tampoco tenían los techos que hay en esta horrible ciudad, mucho menos gente como esta puta ciudad. En mi ciudad había animales por todo lugar, en cada casa, en cada calle. En mi ciudad había cerros que rodeaban con su manto verde y su cielo azul los campos de cultivo. Un río que sonaba con alegría y el viento que acariciaba mi rostro cada día. Nada comparable con esta huevada de ciudad.
Luis Jiménez después de reírse e ir a buscar más figuras se acerco nuevamente a mi y me hizo conocer donde vivían los Incas. Un lugar incomparable, un lugar que rasga el cielo, que grita al tiempo, un lugar donde se mueve la vida con astucia, con rebeldía. Había montañas que cruzaban las nubes, miles de personas que parecían cantar, una ciudad que Luis Jiménez me dijo que se llamaba Cusco y que él era de allá. A mí me gustaba el Cusco, lo veía imponente, todo de piedras alineadas, rectas, curvas, había inmensos palacios, había animales que Luis Jiménez me dijo que se llamaban Llamas y que lucían muy lindas cuando en hileras atravesaban caminos empedrados.
- ¿Oe Luis, en Cusco viven los incas?- Le pregunte y él me contesto
- Por supuesto. Yo soy un inca- Me dijo.
- Así- Le conteste admirado.
- Seguramente que yo también soy un Inca, le volví a replicar. Y el volvió a reír.
Luis Jiménez me explico que los Incas existieron hace mucho tiempo, vivieron en la ciudad de Cusco y en todo un territorio que abarca varios países en la actualidad. Yo trataba de entender la explicación aunque no sentía interés por gentes que ya no vivían. Sin embargo, Luis Jiménez me dijo: “Los Incas todavía viven” “Así”, conteste yo, un poco anonadado, después de sentir muchas de las figuras en mis manos y de tratar de oler el papel donde estaban dibujados, le dije: “y donde están en estos momentos”. Luis Jiménez, pensó varios segundos y me dijo: “viven en todas las ciudades de nuestro país”. En vista que yo mostraba cierta incredulidad atine a comentarle que un viejo, el más antiguo que vivía en esta casa murmuraba que viven más personas tras la puerta del baño que ellos denominan “momias”. Fue en ese momento que Luis Jiménez deseaba conocer al viejo que murmuraba eso, pero este viejo ya no estaba, había enloquecido y termino mal, le hice entender a Luis que nadie creía en esas cosas, así que le pregunte: “¿Qué significa momias”? y él me contesto: “Incas”.
Aquella noche, después de la conversación que tuve con Luis Jiménez no pude dormir, me iba de un lado para otro en mi rincón, giraba y volvía a girar al ritmo de los ronquidos de los vecinos de habitación y en un momento dado soñé, soñaba que entraban tres Incas con atuendos deslumbrantes a un patio iluminado, sus pasos eran lentos y a veces cansados, las miradas firmes, relucientes al sol y sus gestos engalanados de candidez, daban vueltas por el patio hasta que el detente los petrifico y las gentes que aparecieron de un momento a otro los observaban con asombro y pena, algunos lloraban y gritaban, otros caían al piso e imploraba en un idioma que no comprendía pero que me sonaba familiar. Todo se desenvolvía en estruendos y llanto, todo crispaba dolor y más dolor, yo mismo sentía un escalofrío que adormecía mi cuerpo y en un instante, cuando caminaba por el patio, cuando unos ojos me interceptaron sentí que caía y caía y más allá del horizonte de aquellos ojos, pude ver mi rincón donde yo dormía y entonces desperté asustado, me levante y trate de buscar a tientas a Luis Jiménez, pero no lo hallé y me dio pánico, busque la puerta y al abrir sentí la brisa de la madrugada y el sonar de los automóviles, sentí el aire de esta enclenque ciudad y empecé a caminar pensando en el sueño, caminé distraído y en un determinado instante llegue al lugar donde el hijo de su madre de mi viejo me dejo abandonado, me siento y trato de sentir el piso caliente, trato de buscar las lagrimas derramadas de hace tres año pero no lo halló. Sólo el sueño me tranquiliza y me arrastra a preguntas que no puedo ni plantear.
Pasadas las horas vuelvo a la casa vieja y me doy cuenta al entrar que estoy ante un patio, el patio de mi sueño, el patio donde dormíamos muchas personas, sólo que ahora todos están asustados porque algo está sucediendo y es que Luis Jiménez entro al baño y quedo petrificado. La policía apareció en nuestros rincones, están que destapan todo, están que arrojan todo y mis compañeros de casa están escapando asustados. Yo despistado me voy caminando a mi trabajo.
Días después, el patrón del puesto del mercado me hace señas con los dedos y me indica que vaya hacía él. Luego de mostrarme unas fotos en un periódico me dice: “Oye paisanito, ¿Tu no vivías en esa jato?” Y yo le conteste: “Si”, y él me dice nuevamente. “¿Y qué paso?” y yo sin importancia le contesto: “No sé”.
Pasaron los años y conocí al camionero Luis Incaroca, que me devolvió al tiempo pasado, no pude contener la curiosidad por el nombre de este señor, pues ya había conocido a un Luis que incluso me dijo que era Inca, así que el día que llegó, lo tome por sorpresa mientras descansaba y esperaba la apertura de la puerta de control del mercado, le dije sin miedo: “Oiga Luis”, ¿Ud. De donde es?” y él soñoliento me contesto: “No jodas, ¿Qué hora es?”. Yo no conteste nada. Sin embargo, en vista que había interrumpido el sueño de Luis Incaroca, este me dijo: “¿Qué mierda te pasa?”, “que no ves que estoy durmiendo”. Yo arrepentido le conteste. “disculpe”. A los segundos transcurridos, Luis Incaroca me dijo: “Y bueno ahora que me levantaste ¿Qué quieres preguntarme?”. “Bueno, ¿Yo sólo quería saber de donde es Ud?”. Le dije. Luis Incaroca me observo, frunció el ceño y dio un bostezo que arrojo un aliento a mil diablos. Luego me dijo: “Y tu pa que quieres saber eso”. Yo dije: “pura curiosidad, es que hace años conocí a un tal Luis y me dijo que era Inca”. En ese instante Luis Incaroca se acomodó en el asiento de su camión de forma tal que quiso concentrarse en mis palabras y me dijo: “¿Cómo dijiste?” “Es que conocí a un Luis que decía ser Inca” “Uhmm, carajo, así, suena interesante, sabes yo soy de Huancayo y yo soy el único Inca en toda esta puta ciudad, eso que te quede claro”. Por lo menos este hombre era sincero, porque en todo el mercado siempre le decían: “Oye Incaroca a, ¿Cómo vas a dar tus granos verdes?”. Así que le creí, y le pregunte nuevamente: “¿Y cuántos Incas hay en todo el país?”. Y este señor se echo a reír y me dijo: “Oye huevoncito”, dejo un momento de hablar para dar unas muecas y soltando un aire con un suspiro estremecedor, continuo diciendo: “ahí carajo, lo que te voy a decir es pa ti nomás, en todo el país hay tres Incas, mi padre, mi hijo y yo, ¡la paras!”. Y yo no la paré, porque en ese momento recordé el sueño y los tres Incas que vi. Así que me hice a un lado del camión y me retiré. En eso, Luis Incaroca, me gritaba: “Oye huevon, no te pensaras ir, después que me has despertado y de que la conversación se hacía interesante, oye, oye...” mientras reía acongojadamente.
Aquél día empecé a caminar sin dirección y haciendo caso a mi yo interior me acerque a la casa donde Luis Jiménez había muerto petrificado, sólo que a él lo hallaron petrificado en el inodoro. Entre sin miedo a la casa, volví a recordar el patio, no había nadie y sentía un airecito calmado e incipiente, las piernas me temblaban a la vez que abría el baño, y mi sorpresa fue mayor al no encontrar un baño, todo estaba destruido y viejo, las ratas habían hecho su hogar por aquí, no obstante; la puerta estaba intacta como el primer día que lo vi. Mis manos deseaban abrir la aldaba y en el transcurso de minutos ya le echaba fuerza bruta hasta que la puerta cedió. No vacile en entrar porque algo me empujaba a averiguar que en esta ciudad no solo había un Inca camionero, sino varios, así que en la penumbra entre, el palpito de mi corazón que se aceleró y el tanteo de mis manos en la oscuridad, de pronto se encendió una antorcha y mis ojos inmediatamente se cruzaron con los ojos apagados de un Inca, un Inca sentado; rodeaba su cuerpo unas preciosas mantas que brillaban como el Sol, sus cabellos escapaban y trataban de ocultar sus labios, la piel de sus rostro estaba marchita pero intacta. Yo insistí en acercarme y lo contemple tan apretado que mis ojos se llenaban de lágrimas cuando recordaba el sueño de hace dos años, cuando los vi caminando. Sentí una lástima y en mi corazón algo se estremecía, algo extraño me hacía girar y me encontré con otros dos Incas, en total eran tres señores, tres miradas y no exactamente me vi con Luis Incaroca abuelo, Luis Incaroca hijo, Luis Incaroca nieto, no, los tres Incas adjuntaban la esencia del poder que ostentaban y que seguramente muchas personas lo sentirían si estuviesen junto a ellos. Mis manos trataron de percibir esa esencia, pero algo me decía que no estaba preparado, todavía no me había hecho hombre. Regrese apresuradamente con dirección a la puerta y salí y la jale, me asegure de que no se abriese fácilmente. Luego en la calle empecé a caminar y una vez más después de cinco años llegue al lugar donde mi padre me arrojo de un taxi diciéndome: “Ya es hora de que te hagas hombre, carajo”, recuerdo todavía como se acomodo el cuerpo, me tomó por la espalda, abrió la puerta derecha y me dio un puntapié en el las cuatro letras que hasta ahora siento el dolorcito todavía. Recuerdo, que él estaba borracho igual que el conductor del taxi. Me senté una vez más en ese lugarcito y lloré, no me importaba la gente, no importaba nada, en eso, dije: “Carajo, déjate de huevadas, ya es hora de que te hagas hombre” y me subí a un taxi que la gente disputaba por tomarlo, gane un lugar y me acomodé pensando en que ya era hora de hacerme hombre, iba a buscar el lugar adecuado y me acomodé pensando y así nomás estaba sentado al lado de una chica preciosa, una chica de ojos intensos, mi cuerpo temblaba mientras ella miraba el vacio de la ciudad con las luces que intermitentemente rayaban nuestros cuerpos. Luego de una pausa y escuchaba el parloteo de conversaciones que iban y venían espontáneamente, yo escuchaba y escuchaba, de repente de un momento a otro pensé: “es hora de hacerme hombre”, entonces le dije a la joven: “Disculpa amiga, tu sabes a donde va este taxi”, giro su cabeza, luego en aptitud de quien te está tomando el pelo empezó a reír y me dijo: “¡Es una broma no!” y empezó a sonreír. Yo le dije: “NO”. Ella me miro serenamente y me pregunto: “¿Qué no sabes a donde va este taxi”? Esta pregunta que lo hizo en tono alto provoco en el entorno de los que viajaban en el taxi unas sonrisas a tal punto que el conductor me dijo: “¡Joven sabe a dónde va cierto!” y yo le dije: “No exactamente pero quiero viajar en un taxi” y todos reían, incluso la chica de ojos pequeñitos, fue así como empezamos a conversar, ella me hizo el itinerario de la ruta, me hablo de los lugares, de su familia, de lo que estudiaba y como veía que le prestaba atención me dijo: “Y tú qué haces”. Yo mire al entorno y todos me observaron al mismo tiempo, así que después de esas miradas metí la pata y conté todo, todo acerca de los Incas.
Han pasado dos días y siempre espero en el lugar de siempre, o sea, en aquél lugar donde escuche: “Es hora de que te hagas hombre, carajo” me acompañan las miradas de los Incas y el deseo de volver a verte.
Willkanina 2006

ENTRE LA RAZON Y EL CORAZON




Es descabellado sentir nostalgia por la vida que te deja, que se lleva momentos preciosos, recuerdos imborrables, detalles imperceptibles. Esta es mi vida que se entrego a los avatares y a las tormentas, al desasosiego y llanto, a la ilusión y al deseo de estar siempre en vértigo.
Todo estaba bien por los linderos de la casa, había crecido entre maderas y muebles, entre la disciplina y las horas de la tarea. Había observado el televisor solamente los domingos y el resto de la semana la veía apagada y bajo candado, es que mi padre tenía la política de la diversión y el entretenimiento rigurosamente estrecha. “Acá en esta casa se estudia” –solía decir- Por lo general siempre veía a mi padre con atuendos que significaban trabajo. El se trasladaba constantemente como un ave migratoria que respeta las paradas. Tenía el perfil de un tipo alentador, aún en estos tiempos mantiene todavía la aptitud encegadora de ir adelante, de todos modos la vida le ha enseñado mucho. ¿Cuánto quisiera tener el ahínco de dar un paso adelante como él?
Creo que mi debilucha forma de asimilar los sentimientos lo herede de mi madre, ella me entrego al cielo azul del lugar donde vivimos, nos vio crecer a mi y a mis hermanas, nos apaciguo en lo maternal que es jugar con una madre como niñas de parque. Las cosas con ella de todas maneras fueron los cimientos de nuestras aptitudes. Mi madre debe poseer el don del perdón y la alegría porque no vi mujer alguna que haya luchado por ir adelante con todas nosotras, incluso con mi hermano, el pequeñuelo que llego después de muchos años. Cada uno de nosotros tomó las circunstancias de la vida con el correr de los años, especialmente las mujeres. El colegio, los amigas, los problemas en casa, los problemas de la calle, el problema de ser mujer. Cada día aparecía un problema que decoraba nuestra vida, y esto por supuesto lo hacía interesante. Podría describir a mi forma de ver a todos estos actores de mi vida, pero no lo haré, porque Papá y Mamá se merecen mi respeto y mis hermanas y hermano son ríos de cuencas diferentes y al momento no tengo el mapa exacto para describirlos. No obstante; ni yo misma sé como soy. Pues, yo me sentaba en lo alto de un mirador donde veía un amontonamiento de maderas y había aprendido a cubicar el volumen de carga que llegaba y que se destinaba a la venta, es decir; participaba del control del negocio de la familia a muy temprana edad. Era muy joven cuando todo parecía ser una rutina obligatoria, tareas impostergables. ¿Quién pensaría pues en ver a un niño, a un chico o aún hombre?
La idea era y creo que sigue siendo el objetivo de ser algo en la vida. Quizás Papá quiso siempre un hijo varón como su primogénito, talvez con él las cosas hubiesen sido diferente. Eso no lo sabemos. Sin embargo, la personalidad de las niñas a veces avanza hacía el encanto de ser apachurrado por los mundos internos que posee. Un sin fin de preguntas, un atolladero de inquietudes, como por ejemplo; el primer beso que recibí de un chico, aquél inolvidable pico que todavía lo recuerdo y que me hace vivir, que todavía me quema calorías y me entrega al tiempo sin medidas. A veces me arranca un suspiro, me hace perder la mirada y tras volar a vuelo razante, todavía puedo observar el lugar donde me lo dio, puedo recuperar lo que sentí, puedo rebobinar en una película, sus ojos, su mirada, sus cabellos. El apareció un día y yo sabía que la vida de las niñas es totalmente diferente, fueron creadas para sentir una corriente eléctrica cada vez que una persona del sexo opuesto les moviera el piso y les tenga en jaque. Es decir, ser sometidas a destiempo y a vicisitudes calvarias. Particularmente me sentí atrapada por el detente de sus manos, me hizo concebir algo que nunca había sentido, aún todavía lo recuerdo. ¿Dónde estarás?
Quizás Papá desearía que seamos varones para no estar pensando noventa y cinco por ciento del tiempo en estos escollos y turbulentos caminos de la vida, para no tener que cargar con el sufrimiento y la debacle que puede causar un varón. Quizás Papá ya estaba de vuelta con el tema que para mi recién comenzaba. Claro que sí. Yo no podía aceptar ser enamorada de nadie, eso estaba prohibido en casa, no, no, no. Yo tenía una vida por delante. Fue entonces, que vi a la familia en un grave aprieto, algo se derrumbaba y estaba pasando por mis narices. Algo caía y yo no quería ver, es que a veces pasa un problema inherente a ti y tú no aceptas, tú te dejas llevar, arrastrar como lava volcánica que aplasta todo a su paso y no pide permiso. Y es que en la casa como en la calle los problemas están para recogerlos.
Yo seguí creciendo, eso supongo a pesar que hoy en día mi horizonte físico diga lo contrario (una sonrisa). Tuve que cuadrar la idea de que me hacía mujer, es verdad; en el colegio aprendí a leer y escribir, un habito que todavía práctico, en el colegio me entregue a todos los formalismos: el uniforme a cuadros, los cuadernos forrados con papel lustre color azul, rojo, verde... el cabello amarrado, agarrado, trenzado, la falda larga y más larga, las bromas, en el colegio aprendía la amistad aunque las mejores amigas las tuve fuera de ella. En el colegio aprendí lo que es una juerga, la primera vez que tuvimos que comprar una botella de Ron y que nadie se atrevía ha hacerlo, recuerdo que pasamos horas para poder decidirnos quién lo compraría y es que tanto era el miedo o el roche que no podíamos hacerlo, sin embargo; terminamos embriagadas, fue mi primera vez que bebí, fueron los mejores momentos que se dieron, eso sí, sin hombres, valga la aclaración porque estudie en un colegio para señoritas y eso es con todas la letras bien puestas, ahí aprendía a ser una señorita, bueno con todas sus limitaciones, no todo te lo enseñan, lo demás se aprende a golpes o a lagrimas.
Aquellos tiempos fueron muy especiales para mí, hubo problemas y momentos difíciles pero fueron felices a final de cuentas.
Después de la sincronizada vida que llevamos como regla social, aceptando la infancia como viene, los paseos, las risas, el trabajo de tu familia, es decir; el negocio o negocios, los problemas de pareja, las separaciones, el llanto, el descalabro familiar, la aceptación de que algo falla en este matrimonio que ya no es ejemplo sino viaje a la aventura, donde tienes que tomar las mejores decisiones cada día, fue que me hice mujer. Mis pasos se hicieron dulces, mis cabellos flotaban en un color negro, me di cuenta que mis ojos se hacían pequeños, dibujaban un color negro cuyo fondo iba acompañado de espejos, mi sonrisa se hizo liviana y luego conjugante con mis muecas, la tez de mi rostro empezó a cambiar necesitaba de tratamientos estilísticos, algo que no aborrezco sino que lo encuentro necesario, hoy en día motivo de criticas y observaciones.
Todo estaba cambiando, eso era evidente. Es por eso, que el siguiente paso era decidir que hacer a continuación, como sigue el asunto. Pues, nadie sabía exactamente como sigue la situación de ir hacía adelante, para mi el objetivo de superación me es intrínseco, es otra regla más que cumplir. Yo nunca me salí de la línea, cuanto hubiese querido ser rebelde, cambiar el contenido de mi ropero, el vocabulario formal, aunque debo reconocer que he introducido algunas palabras nada del otro mundo, pero eso si, no me arrebate fui aceptando que tenía que hacer algo, es decir; continuar con esta vida plagada de reglas y objetivos. Claro que, así nomás llego el amor.
Yo llevaba una vida con lineamientos racionales pero el encuentro con el amor fue todo un shock, un santitin de elucubraciones, una cháchara de cosquillas, y es que nosotras afrontamos esta delicada situación con vaivenes y anécdotas, con algo que se llama sentimientos. Mi vida estuvo por primera vez entre la razón y el corazón.
Una vez que comprendí que en esta ciudad necesitas de trabajo para sobrevivir, dilucide que los estudios estaban creados para este objetivo, así que decidí incursionar en lo que sea, ya estaba en la universidad, en el instituto, ya estaba trabajando en la biblioteca, ya era promotora de lapiceros, ya estaba en tiendas de regalos, ya estaba en un hotel como: ¡recepcionista creo! Y pues, en esta vida tienes que trabajar porque dicen: “que quién no trabaja, no produce”. Este parafraseo me incomodaba demasiado y yo no podía ser parte del lodo, yo debía cambiar ciertas aptitudes. Vi crecer a mis hermanas cada una con mundos diferentes, vi venir a mis sobrinos algunos en el seno familiar, otro entre bullas y altercados, no, no, no, yo no podía seguir en la lista, lo mió sería diferente y como dios manda, vestido blanco, un buen mozo y lindo partido, anillos de compromiso, etapas de enamoramiento, de noviazgo, intercambios familiares, pedidas de mano, consentimiento del padre, matrimonio esplendido con lista de invitados, una linda casa con perros de raza... todo de todo y por supuesto harto amor.
Y fue que un día conocí a él y él se hizo parte de mi vida, absorbió mis objetivos, me incluyó en sus planes, me despertó con un beso en la mejilla, me dijo: “te amo” y yo le contestaba: “yo también”. Apareció la chispa, el brillo, la ilusión que produce los sentimientos. No era niña por supuesto, ya era mujer pero sin experiencia en estos linderos, entonces, tuve que aprender, aprendí de él, de él me enamore y a él si le di todo, mi primer beso apasionado, mis primeras caricias que iba aprendiendo, le entregue mis primeros suspiros, el deseo de verlo, se fue yendo todo de mi hacía él, entendí que con él haría una familia, con él sería el futuro deseado.
Sin embargo, la vida nunca te enseña todo, es verdad; había aprendido a sentirlo parte de mi, el timbre de su voz, aguda por cierto, sus mescolanzas taciturnas cuando reniega, su capricho y raciocinio, la solemnidad familiar apegada al amor que tenía hacía los suyos. Y es que todo se iba juntando en un bosque de dirimencias y responsabilidades, lo que no podía aprender, era como sienten otras personas, como saben cuando decidir que el único fin es él, no podía rescatar experiencias porque no los había y me di cuenta que mis aptitudes eran muy dóciles, volubles como dicen los psicólogos. Yo sentía que lo amaba y si no hubiese sido por estas reglas sociales, posiblemente hoy ya sería madre de varios hijos. Intente ir adelante con todo lo que es ser feliz y de momento me dijeron: “hasta acá nomás”. Caí en un abismo de infelicidad, me sentí un desparpajo del tiempo. Fue ese motivo que destruyo parte de mi corazón y se enredo entre el cigarrillo y el alcohol, llego el instante donde tienes que buscar explicaciones ya sea con el amigo, amiga, padres, hermanas, calle, barrio, bar, noches, almohadas o con el volumen de lagrimas que tienes acumulado en el pañuelo, donde no puedes resistir y te entregas al llanto, al suplicio, a la humillación, al ruego, al desenfreno y por último intentas olvidar y buscas el clavo, el que tiene que sacarte de este lugar, el que debe darte alivio y consuelo, buscas y buscas y a veces aparece, a veces se va.
No es que por lastima escriba o por furia despotrique pero es que él era mi mundo, era mi vida, era todo. ¿Cómo haría para olvidarlo? Pues, no lo hice, no podía y me entregue al vino y a la cerveza, a la juerga. Así nomás conocí al chico de anteojos, el me estaba cambiando la vida, me estaba mostrando nuevas experiencias, con el todo sería diferente, pero cuando estaba a punto de amarlo volvió a aparecer él y entramos brevemente en un triangulo.
Los detalles no los podré contar debido a la prudencia y a la discreción ¿Quién diría que volvería no?
Dadas las circunstancias de una vida paupérrima en el amor me atreveré a confesarles que yo no sirvo para esto, me es vagabundo, me arrastra a la inoperancia, me domina, me aturde, me hace obsoleta, me debilita como metal maleable, me atropella como a gato y me deja agonizando en la esquina, me deja en estado cata tónico, me envía a viajes inter espaciales, me vuelve el capitán Raymer o el galáctico versión femenina, me convierte en caricatura de animes japonés, en canción de los 60’, en arbolito de otoño, en migaja de pan para pobres, me transforma en estupida, en una payasa de circo de pueblo joven. Para mi el amor es una ciencia cuya hipótesis me eleva a status de teoría sin descifrar y tras una aplicación del método hipotético deductivo me arroja al nuevo problema que sigo siendo yo. Esta confesión que les informo debe suceder a un sin fin de mujeres, no creo que sea excluyente, soy parte del circulo, soy el punto equidistante del infinito, soy el conjunto vacío sin explicaciones, soy el axioma perdido en el campo trigonométrico y en el vector de mi corazón, soy la ley de la termodinámica que explota en laberintos de escándalos o en lenguas de fuego, soy la lagartija con ojos inmóviles y de fácil captura. Disculpen por echarme flores y masacrarme sin escrúpulos, es que el desfogue debe ser éste cochino papel, este sucio cuaderno que lo escondo en el diván de mi madre, donde nadie se acerca, mucho menos él ni el otro, uhmm; No saben como busco un momento libre para agarrarme con mi cuaderno y en una lucha titánica, en un tira y afloja, en un vicio peor que el cigarrillo o el trago entramos en un entripado de dos viejas que se chismean todo o de viejos que discuten de política. Ya nos conocemos mi cuaderno y yo, nos reímos juntos, gritamos, peleamos, discutimos como placeras de mercado. Ella me comprende y me da fuerza para continuar en esta sinfonía de alegrías y lagrimas.
El día que apareció él, porque dizque se había enterado de mi clavo empezó su show reclamándome: el porque le había cambiado, porqué estaba caminando con otro tipo, porqué no respetaba el momento de amor vivido, de que para mi era fácil olvidarlo y de que yo no servía para respetar un “nos daremos un tiempo” y de que finalmente quería mandarlo a la mierda a él y que le estaba sacando cachita, que me quería vacilar que no estaba dispuesto a aceptarlo. Es obvio que después del berrinche que me hizo, se apaciguó y empezó la cantaleta de la victima, del hombre arrepentido, del inocente el incrédulo, del tipo que dice no saber ¿Cómo pudo actuar así?, del tipillo que dice estar arrepentido de todo, de que ahora en adelante será diferente, me hizo el teatro con arrodillada y todo, con moco y saliva, con sigueteo por la calle, me hizo el show de las flores, los bombones, los suspiros, las paradas en la puerta de mi casa, la escena del perro arrepentido, el plantón y el sueño sembrados a la intemperie, tuvo que pisar fondo, y así lo perdone, tuve que hacerme la idea de olvidarme del chico de anteojos, con el solo había llegado a los besos, no había intentando ir más allá, así que no me arrepentí de mucho, excepto que él me amaba con toda su alma según las malas lenguas.
Bueno una vez más intente rehacer mis objetivos aquellos que ya eran sociales, históricos, antropológicos, histéricos, amargados, dolorosos, etc. Y entre la razón y el corazón tenía la idea de que a cada día tenía que buscarle un sentido, una alternativa, un juego, a cada día le indicaba que me lleve por un vericueto diferente, por una celda helada o un callejón oscuro y yo me enfrentaba a guijarros y a querellas de todos, y es que el me amaba y me juro por todos los cielos que me amaría por siempre, hecho que todavía le creo.
En la casa todo cambio, papá continuaba con el trabajo de siempre, mi madre aprendió a aceptar a mi novio y la puerta para él se abrió de para en par a partir de ese día, así que encamine mi vida al tesón de vivir acompañada por días, semanas, meses, años, de momento aparecieron mis amigas y el deseo de salir a bailar, a caminar, a reír, a chismear, a mirar a otros chicos, otros cabellos, ojos, caritas, pies, zapatos, miradas, uhmmm. Andamos de noche, anduvimos por las noches y me encanto, claro que si, no puedo negar a mi cuaderno, más aún cuando mi amiga de cabellos largo me escogió para ser su compañera de ideas, de paseos, de parrandas y por su puesto de estudios. Ella salpicaba como gotas de lluvia en una avenida, intentaba ser delgada o estar en su punto, idealizaba la belleza, la presentación o el ego, uhy! Caramba no lo sé! Desde que la conocí me fue simpática y trivial, ahí ¡pobre! No debo rajar de ella, a final de cuentas es mi amiga, pero siempre hay cositas.
Intentamos trabajar, lo hicimos, nos acapullamos en regocijos de valor, nuestra vida tenía que tener sentido y la empezó a tener, un deseo increíble de acabar la carrera universitaria, o sea; la razón, un deseo increíble de trabajar, o sea; la razón, un deseo de salir a las calles acompañados, él me adoraba y yo cambiando de opinión, de cara, de sentimientos, me di cuenta que necesitaba de experiencias sentimentales, o sea; el corazón, pues era algo que me tincaba, me atontaba, pero lo controlaba y en vista que este tratado trata del amor me limitaré solamente a sus mescolanzas, sus acuchillamientos hacía mi.
No podemos dejar de pensar que son dagas que te clavan y que mueres de a poquitos y es que con él todo era rutina y no se si me gustaba, lo que si sabía era que no disfrutaba, me estaba volviendo un robot y no había forma de evitarlo, mi cuerpo caería en alguna tentación, lo presentía solo que no sabía cuando y lo peor no sabía si estaría preparada parta tal embiste.
Unos años después, la universidad acabó para nosotras, mi amiga y yo decidimos ir por caminos diferentes en el grado y unidas en lo nuestro pero no resulto y terminamos haciendo el grado y conociéndolo a él, el que cambiaría mi mundo, el que arrebataría mi corazón, el que me haría volar, el susodicho, el hombre que perturbo mi vida. Los avatares comenzaron con él, los suspiros comenzaron con él, las nuevas experiencias comenzaron con él. ¿Y Cómo es él? Tiene unos ojos lindos, eso es suficiente, porqué él llego y pinto el cielo de tono azul para mi, una eterna melodía en mi, se hizo presencia necesaria, me busco y me tomo a besos suaves, a veces delicados y por momentos tranquilos tratando de esconderse en mis cabellos me di cuenta que no era un sueño, era real, lo abrace y busque sus labios y nos besamos en un tiempo desleal, en un entorno irreal. Desde ese día para mi particularmente las cosas cambiaron, me fui de pique, navegue en río claro, azul, caudaloso, lleno de curvas, de colores, de momentos turbulentos, de momentos mansos, me hundí por segundos preciosos, me deje arrastrar a los remolinos ahogándome en su huayco de besos, me caí en sus corriente y fue arrojada a la orilla cientos de veces y cientos de veces fui tragado a su cause, el tiempo pasaba y yo en este río vivía feliz, me entregaba a sus movimientos, a su agua, a su sabor, a sus cambios, a sus sonidos, me dejaba llevar por sus bravura, su imaginación, sus recovecos, y me acostumbre a su cuenca solo que me estrellaba con rocas y caía por sus cataratas cuya combinación disipaba espuma y belleza. Sentí que el amor se explicaba de inconmensurables paisajes... y me pregunte: ¿Qué estoy haciendo?
No puedo hacer estas cosas, estoy mal, no, no, no; lo mío es estar con el prometido o sea con él y no con el otro, pero quién entiende al corazón. La razón siempre busca cuestiones lógicas y en este caso no las había.
Después de zozobrar varias veces, salí del río muy liberado de angustia intente retomar el curso del camino, debo confesar que no lo logre, estuve desarrollando una defensa con trincheras y camuflajes, negándome inclusive a la existencia, al canto y a la desazón de vivir flagelada, es que, él un día se encontró con el otro, ¡casualidad dicen! Yo no les creo, no los vi juntos, excepto a metros de distancia y es que ya habían hablado y como podemos suponer el tema principal fui yo. Estoy segura que no me lo esperaba y me atreví a suponer que mi destino se jugaba por la ruleta de estos dos guazeñudos. Hablaron de mi y supe que mi corazón palpitaba y que yo me iba por el desdén de la curiosidad, parece que por fin mi vida entraba en vértigo, en suspenso, por fin quería experimentar los entredichos que sucedían con parejas infieles y no es que a golpes acabará todo entre los dos, sino a saludos y despedidas....
No tuve que analizar mucho para darme cuenta que el de ojos lindos me daba su tiempo y daba en mi otras escalofriantes formas de amar y es que la verdad lo amaba y deseaba por todos los cielos que el sintiera lo mismo, y bueno que hacer, no sabía como luchar por su amor, no tenía ni la menor idea pero deseaba que me amará y dejar definitivamente a él, de lograrlo sabría la formula de tan exitoso brebaje y sería inmensamente feliz.
Después del encuentro, él y el otro se despidieron y yo tuve que hablar con ambos, sabía que estaba enredada en una tela de araña y deseaba saber como des hacerme. Supuse que si me embarcaba nuevamente en la canoa que surca el río claro, azul, estaría perdida y creo que eso indicaba el corazón o los impulsos o la libido, no lo tenía claro.
Los días que vinieron fueron bajo la cruz de la duda, los celos, los dimes, las discusiones que vinieron a ser diarias, toda consideración mía, todo concepto, toda idea, toda decisión tenía que ser sustentada y yo no servía para mentir, sentí que me derrumbaba y comenzaron los días donde luchaba con la razón porque estuve bajo el dominio del corazón y éste me tenía en el piso. Mi mente se bifurcaba con la imagen del otro y mis días fueron los más intensos que se pudieron vivir en estas circunstancias.
Buscar con la soledad la respuesta exacta me era imposible, sólo me quedaba jugar con algunas variables: el odio, el desprecio, los celos; y los puse en práctica, no me dieron resultados efectivos excepto los celos. Mis celos vinieron a ser mi arma principal que me hizo sufrir pero que me ubicaba donde debía estar, gracias a mis celos luche incansablemente con la razón porque debemos aclarar que si siento celos es porque amo y por lo tanto es problema de corazón. Deseaba odiarlo al otro porque se llevaba parte de mi corazón pero no podía. Sabía que con solo verlo y escuchar su voz en el futuro sería inmensamente feliz, eso yo sabía y me di cuenta no muy tarde que el corazón estaba triunfando y veía como derrotaba a la razón. No lo aceptaba porque yo me paraba a lado de los derrotados, de los caídos, ahí tendría que vivir, mientras que papá y mamá especulasen en su mente que yo estaba sufriendo, mientras mis hermanas y mi hermano me dijeran: “que haces”, mientras mi amiga de cabellos largos me dijera:”deja a ese medio hombre”, escuchaba: “es una persona mala”, “te va dejar”, “te esta utilizando”,”el de siempre te ama”,”el otro es una basura”,”solo desea pasarla bien contigo ese sin vergüenza”..... Y yo no escuchaba. Una vez más me sentí acorralado por el corazón, sin embargo un pequeño halo de luz brillaba en el horizonte, un destello de esperanza y felicidad, algo que no estaba en los planes, algo fuera de lo calculado y era que venía alguien, alguien que cambiaría mi vida, alguien que fijaría mis objetivos. Y es que no les puedo decir quién es, solo les puedo decir que llevará un lindo nombre.

Willkanina Noviembre.2006


¿CÓMO MUERE EL AMOR?

“Aprendí a caer y me levante”
Como voy a entender la base de los obstáculos si la ventana por la que observo es angosta, se aclimata de mis horas de insomnio, de preguntas perdidas en las paredes; desea la piedad de los escogidos y me indica que no soy exigente, soy desleal conmigo mismo, el día que le dije adiós se había repetido ya una par de veces, nada fuera de lo cursi, solo seguía mis instintos, uhmm, mejor dicho mis principios, no me importaba si salía herido o peor aun que ella salga herida, que sufra, que llore, total así es la vida, por algo debe ser, me decía. Cuando ubique a Hector, aquel amigo de muchos años, me sorprendía todavía el curso de la conversación que teníamos, por lo general íbamos de lo trivial a lo complejo, pasando por ahí con lo de “me llega….” hasta la insolencia de recibir llamadas de mamá a media noche cuando junto con Santiago escuchábamos conversaciones diáfanas de amigas arrastradas al encaje urbano, bueno con las disculpas del caso, siempre pienso en las chicas como si fueran las estrellas del horizonte cuya hermosura se disipa después de una severa observación o conteo forzoso de segundos.
Hector cuyos ojos focales a la incertidumbre conjugaban su entendimiento de la rutina con los factores de la práctica, solía escudriñar alguna devastación y hacia escombros revueltos de situaciones adversas como yendo en contra de la política liberal o conservadora, esa resonancia de severidad se reflejaba en sus quehaceres, por lo habitual pegados a una hoja de ruta constante y apretada. Yo había visto a Hector con un gorro de beisbol verde y siempre con esa sonrisa enchapada, a veces lo dibujaba delgado, a veces practicando algún tipo de arte marcial. Todo lo contrario sucedía con Santiago, a él le importaba poco la luchas cuerpo a cuerpo, excepto los que sucedían encima de las cuatro perillas, como era de suponer Santiago compilaba en su rostro, un cabello ralo y siempre a punto, habitualmente tenía un tic que se reflejaba cuando hablaba y movía sus ojos pequeños al compas de unos anteojos que encajaban con su mirada. Muy diferente a Hector que le gustaba estar sin cabello lo cual combinaba con unos ojos verdes oscuros abrumando su rostro a la sonrisa emergente que siempre brindaban a los demás especialmente cuando no pronunciaba adecuadamente un término o no lo utilizaba correctamente o cuando desconfiguraba una relación gramatical en cualquier atropello informal de una conversación de café, como el de aquella tarde, nosotros muy compungidos asistimos una vez más al descalabro de los avatares de la vida en una mesa alejada, en un rincón de un café que nos era familiar, sentados ahí con desaliento al inicio y después en orden de burla si era necesario pero bueno observando una vez más a Santiago pegado al móvil, al celular impaciente y contestando: - Si Juliana……- luego se arremolinaba a tientas, cambiaba de actitud especialmente cuando no llegaba a un acuerdo con la tal Juliana, como sucedía en esos momentos, la novia que lo tenía a más de mil kilómetros, dice que no la ama, que se burla de él, que a pesar de darle todo, ella no lo considera como tal… y una cantaleta que se repitió siempre. Ese día después de la conversación, Santiago empezó a temblar y nos dio miedo a Hector y a mí. En un momento reímos y a los minutos dijimos: “estas bien”. El contesto: “esa mujer me está haciendo enfermar día a día”. Hector dijo: “hasta cuando vas a seguir así”. Por lo general repetíamos guiones y escenas similares, sino le sucedía a Santiago, le sucedía a Hector o sino a mí. Santiago devenía en cultura anonadada de enamorado perdido, a veces entraba en un sinfín de preguntas, respuestas insulsas, incomprendidas porque aparentemente no encajaban con lo que supuestamente debía ser: EL AMOR. Yo creía abastecerme de los ideales que sembrábamos en cada conversación algunas veces en un café del centro de la ciudad, en otras ocasiones en algún bar donde inexplicablemente no probábamos una gota de alcohol.
¿Que debía hacer? Contarles al detalle todo lo que me había pasado, pues no, con lo esencial y básico era suficiente y al momento la conversación giraba en torno a Dios, a la vejez, al sexo, a la broma, a la idiosincrasia, a los Incas, al trabajo y a la misma mierda de vivir así, una línea patética del devenir hasta que no sé como a alguien se le ilumino el negocio del siglo, la sociedad deseada para emprender un arriesgado plan de negocios, empezamos a planear el negocio del futuro, todo sería novedad empresarial, buscamos lugares, encajamos presupuestos, acciones, modos de entrar a la bolsa de valores, hablamos de administradores, de personal eficiente, de mejora continua, de empoderamiento, etc., al final de la noche, como suele suceder en toda conversación de amigos, las ideas terminaban en la mesa del local de turno, una vez más entre carajos y risas…
Las horas transcurrieron mientras pensaba en lo que le había dicho a Ella. “Adiós”, “Cuídate”, salí corriendo del lugar mientras sentía sus lagrimas, su dolor, aquel llanto aletargado a la infinidad de preguntas que aplastaban su yo. ¿Qué había hecho Ella? Quizás intentar amar sometido a la vulnerabilidad de los cimientos que los principios de mi persona no aceptaban. Ella no me entiende. Ella no comulga con mis ideales o es ajeno a mi forma de pensar, mi forma de vivir, no señor, nunca entenderá. Sentí sus lágrimas, sus sueños destrozados, me fue indiferente.
La noche se trasladaba a un ritmo más nostálgico y había llegado la hora de despedirnos. Héctor insistió en tomar un mismo taxi y como suele ser habitual en todas las veces que nos separamos, nos dirigimos a la casa de nuestros padres donde aún vivimos comprendidos a la realidad del niño de casa.
Al acostarme en la cama, las ideas aparecieron nuevamente, la vida una vez más se mesclaba con el valor intrínseco de los ideales. He vivido con la costumbre, he sido el peón de la vida urbana nefasta y cruel. ¿Qué he aprendido? Si no, realizarme y encajar en el engranaje de este aparato, de esta rueda que intenta desplazarse hacía un tiempo diferente y es en este afán que mis objetivos se encierran en la perfección. Me despojo de la paciencia e intento llorar por Ella, qué culpa tiene Ella, porque tiene que sufrir por mí, si le gusta el arte, le encanta las híper estructuras, vive con el cielo azul paralizado a teoremas, ella está bajo esquemas surrealistas hincando las virtudes diáfanas que a veces odio. Recuerdo su mirada y me ausento con el suspiro obligado, porque yo, si de algo debo llorar es de los compromisos y de las promesas, no habrá nada que cuestione la decencia de la vida, el fin supremo del actor social, nadie intentará cambiar que yo ame el AMOR, la divina providencia o el espíritu indomable de la realidad, mucho menos Ella que después de embarcarse en un sinfín de pecados o errores tenga la desfachatez de predicar con amor algo que no está en la capacidad de definir. No señor, imposible entender el otro lado de la orilla.
Me decía en el transcurso de varios meses que estaba enamorado de un tipo, dicho personaje había sido textualmente: el amor de su vida, sin embargo la relación se fue deteriorando a tal punto que Ella conoció a un tercero y así nomás lo fue dejando. No entendía el motivo del desamor, claro que, se podría suponer que algo fallaba, la falta de comunicación, la inseguridad, los mil pretextos, la falta de cariño, de caricias eternas, de chocolates y bombones, quizás las expresiones del amor en aquellos besos acalorados, radiantes de miradas emocionadas que solamente se pueden entender en la intimidad, aquel apachurramiento de abrazos, del desliz de las manos que hacen vibrar el cuerpo, que se afianza en cortos circuitos, acurrucados cuerpo a cuerpo desvelando pasiones incomprendidas o desconocidas, quizás miles de cosas enganchadas en el cuerpo de toda mujer no estaban siendo aprovechadas como tal, es difícil entender ¿Quién se equivoco?
Ella me decía: “que las cosas iban muriendo” Yo me preguntaba a media noche observando las estrellas por el tragaluz de mi habitación desordenada. ¿Cómo muere el amor? Muere con un puñal clavado en el corazón, con una mentira, con un disparo de un revolver, con un golpe en el pecho, con un puntapié en el trasero, con una mirada o quizás muere con una palabra. A veces imagino que el Amor muere por falta de oxigeno, súbitamente se retuerce y cae al vacio, se va deshaciendo y desprendiendo en pedazos de recuerdos en algunos casos nostálgicos en otros amargos. A veces reconstruyo el edificio del Amor en estructuras poderosas que aseguran un movimiento lineal, no se devastan por el terremoto, se auto regulan por su matriz estructural: el deseo de hacer el amor, regla general del siglo XXI, principal motivo de conceso entre una pareja, cualquier oposición sería contradecir la liberalidad, uhmm, imagínense señores, decir que nos amamos si no hubo de por medio una relación sexual… así va estos tiempos a tal punto que se puede perder la cabeza, la familia, el trabajo, la casa, la ciudad donde habitas y en algunos casos la vida. El Amor se hace completo cuando los amantes tienen contacto carnal e instintivamente asumen un compromiso duradero que abre un abanico de sentimientos. A esta situación se le debe considerar un motor social empero malicioso, dañino, virtuoso, estremecedor, enigmático, misterioso, biológico, aterrador, simpático y a dormir…
Al día siguiente cuando asumí mis responsabilidades, reflexionaba en mis opiniones. Ella debe estar sufriendo, pues, que siga así, finalmente el mundo no se va acabar, además la naturaleza te brinda oportunidades sino estas cerca de ellas o no las sientes, pues así será, todo continuará, menos las lágrimas de amor o de impotencia o de muerte o de vivir tan estúpidamente como solían decir Santiago y Hector. La vida te da parámetros nuevos a medida que pasa el tiempo, todo va girando, todo se hace placentero a los ojos, a los objetivos a la vida urbana, metropolitana, cosmopolita.
Yo seguía pensado en las palabras apropiadas que utilizaría para explicarle a Ella el porqué de mi actitud, una fuerza interna me indicaba que hacía lo correcto, ahora, una vez pasada la mañana, no había síntomas de mejora en mi corazón, reflexionaba en la línea de mis ideales, ora prácticos ora patéticos. Yo soy así, a mí nadie me cambia, mi vida es rígida, es un conglomerado de acciones, si me propongo viajar, tomo la mochila y me voy, si me propongo entrar en debate, lo hago, si debo cumplir con la siesta de dos a tres, lo cumplió, uhmmm, excepcionalmente me alejo de algunos parámetros de mi vida. Bueno, tenía que hacer la llamada telefónica, y pues, no lo hice, me contuve y me dije a mi mismo, que siga llorando, se lo merece, si no cree en mi, si no cree en Dios, si no cree en la Pachamama o en el cielo azul, en el atardecer que se producía cada vez que la recogía del trabajo o en el único beso sincero que le di; allá Ella con su problema. Tome el móvil y marque el número de Santiago, al otro lado me contestaba una voz apagada o extenuada, creo que interrumpía un suplicio o una humillación. Me dijo: “estoy en el aeropuerto”, ya no dije nada y colgué, se sobre entendía la respuesta. Me dirigí a mi trabajo y entre que me desplazaba a pie e iba en el bus, su imagen aparecía… ¿Qué sucede? ¿De qué principios hablo? ¿Qué culpa tiene Ella? ¿Por qué actúo así? Tome el móvil y la llame, sentí un escalofrío y al segundo su voz sonó lejana, le dije: “Hola” y Ella me reconoció la voz y me dijo ¿Cómo estás? Paralice el tiempo y pensé contestar “estoy bien” “eso creo”, pero no le conteste así, le dije inmediatamente: “quiero hablar contigo, ¿Puedes?” y ella algo extenuada o sorprendida me contesto: “está bien”.
Recordaba el día que la conocí, yo debía decidir entre seguir con lo mismo o cambiar de rutina, debía decidir entre decir la verdad o seguir ocultando la verdad. Aquella vez, el amor había escalado posiciones inexplorables tenía atado una responsabilidad, tenía que indisponer la situación acusando al amor de aquella época, debía decir la verdad y sacrificar todos los sentimientos que se acumularon en el tiempo respecto a esa persona que me enamore, indistintamente de la realidad lo primero debía ser. Así que no me importo el trabajo, los amigos, la familia, el sistema y la acusé… Días después me di cuenta que hice lo correcto, pues ella se aprovechaba de la situación, de mis sentimientos y creía que sería incapaz de hacerlo claro que, sabía que ella no me amaba y pues, no calculo que la razón iba triunfar, “se fue de boca” como se suele decir por estas latitudes. En estos días no me arrepiento de lo que hice y lo asumo hidalgamente, no obstante; con la chica del presente la situación es distinta, aquél día que la conocí, Ella dirigía un estudio o un trabajo, supuestamente estaba de jefa o era parte de un equipo de trabajo y si no fuese porque hablaba algo entonada ni me hubiese percatado de su existencia. Llevaba unos atuendos muy claros en color, sus ojos acorralaban el cabello negro que tenía y que de vez en cuando caía a un costado de su rostro, caminaba apresurando el paso y desatando interrogantes que yo debo afirmar no le di ni la más mínima importancia, inclusive hoy, sólo su mirada y sus palabras me inquietan y me atisban de electricidad, pareciese que fuese ayer, hoy para mi es diferente, es ¡todo creo!
Bueno en vista que habíamos quedado en una cita, decidí avanzar mi trabajo y hacerme tiempo porque imaginaba una charla tensa y difícil, debía buscar la estrategia correcta, debía poner los valores y virtudes en la mesa de diálogo y tenía que triunfar en esta negociación a base de interpretaciones y promesas.
Antes del encuentro pactado, recordé el día en que Hector hablo de las diecinueve formas de acabar con uno mismo cuando ya se había cumplido con todo técnicamente, recordaba a Santiago llamando por el móvil a 3700 metros de altura, recordaba que mi vida era intransigente y pacífica. Me identificaba con el patatús del niño malcriado. A veces no comprendía que la moral es hija del tiempo y de las costumbres, todo lo horrible y prejuicioso de antaño en estos tiempos es motivo de burla y desazón, no encuadra con la vida tartamuda del pueblo. A veces recuerdo a Inés la niña que rezaba todo el día, que viajaba en culto y pasión, que decía ser virgen y entregada a Dios ya que como la escuche varias veces su esposo era EL, lo recuerdo siempre por su ejemplo en palabras, pocas veces en hechos, Inés termino en un viaje del cual ya no volvió, ahora en estos días me escribe cada cierto tiempo, me suele decir que encontró la razón de su vida en Oriente, otras veces en Occidente, imaginó que le va bien, pues, si la recuerdo es porque quisiera compararla a Ella, a la chica del presente, a la que la vida le fue dando facturas de montos insuperables, cargas obsesivas de emoción; ambas mujeres son diferentes, una es de cristal y la otra de porcelana, tienen dibujos incrustados, son ambivalentes al tiempo, son el éter hecho realidad, y ahora que lo pienso las deseo a destiempo tal como son, mi vida junto a la de Inés era utópica, no podía imaginar estar a su lado cuidándola, escuchándola, atendiéndola, viviendo sus sueños, sus oraciones, sus quehaceres; cuando la abordaba por la calle siempre fijaba una sorpresa en sus ojos tal cual puritana se escandalizaba con lo pagano, recuerdo el día que lo conoció Hector, fue en la universidad, en una aula vetusta y alborotada, Inés se le acerco y a cada palabra espontanea y pura, Hector replicaba con el doble sentido que guarda nuestros diálogos de varón o macho, Inés acalorada o avergonzada reía y le increpaba algunas otras palabras dóciles, aquellos días se revivieron en mi mente cuando conocí a Ella, la niña destemplada por el carisma y su figura debilucha, pasmada de mucha vida, saturada de tanta lectura cuyos ojos negros albergaban lunas de resina en una montura flotante, Ella deseaba acariciar el romance antes de la vida laboral, vivía el abandono y el desorden de sus cosas porque los golpes habían sido en ambos lados, herir y ser herida, la rutina de la vida, lo más natural y una vez más preguntaba ¿Cómo muere el amor?
Faltaban varias horas para hablar con Ella y mis labores y obligaciones se reducían a los minutos, pronto llegaría la hora de las grandes decisiones, el minuto de aliento divino e imaginaba las palabras pronunciadas y la sorpresa en sus ojos.
- “Te quiero mucho” – Dame tiempo
Y Ella me observaría quizás confundida y/o sorpresa, una cachetada en el rostro mío diciendo: “Qué te has creído estúpido, crees que puedes venir y llamarme cuando quieres y decirme eso…”
Entonces yo reaccionaría diciendo: “Perdóname” y ahí caería las lágrimas en su rostro como toda mujer débil y pasmada de impotencia. En fin no podía esperar semejante espectáculo, así que decidí postergar la cita, no señor, con escándalos a mí, no.
Cuando llego realmente el día en que tenía que conversar fue instintivamente a regañadientes. Ella debía prepararse para el “NO” y yo después de haber pedido disculpas por la plantada estaría dispuesto a recibir lo que venga, y sucedió lo contrario, la vi llegar alegre como si nada hubiese sucedido, como si la vida fuera para todos iguales al día y la noche, si iba acercando y yo temblando y perdiendo el control y desfalleciendo escucharía: “Hola” y ahí nomas un beso en la frente, como quien perdona los daños, como quien entiende al estúpido, al débil, al atrevido, imagine que era burla pero no, las gentes son así, reaccionan de diferente forma, tiene sus berrinches, su carácter como dicen, tiene sus cositas, ¡ahí quién las entiende!.
- Perdóname
Y las palabras que vinieron después solamente acompañaron lo fundamental del pedido, estábamos estacionados en una calle lejana, poca gente deambulaba, la luz era vespertina, los autos repasaban en ambas direcciones mientras los dos estábamos en una verna que se había enquistado a una esquina, alejado quizás de la situación, la note algo dormida, en esencia cansada, sin embargo; su mirada me decía que me perdonaba, sentía sus esperanzas y yo analizaba cualitativamente cuales serían mis ventajas en una relación así, donde podría llegar, que puerto avizoraría, que aguas tendría que beber, que sin fin de misterios tendría que develar, que fuerza inercial estaría al acecho, cómo me encuadraría en un futuro próximo, uhmm. Nos miramos unos minutos y recordé el primer beso que le había dado hace no se cuanto tiempo, décadas creo, bueno, tampoco era el momento, me acerque a Ella y le dije: “vamos a esperar un poco más, por favor, yo te quiero”, Ella se alegro y vi en su rostro Amor, no podía ser otro sentimiento, estaba llena de Amor…
Ese día fue de unos minutos de encuentro y así solían ser mis encuentros con Ella de minutos o algunas horas, no podía lograr el día completo, la noche entera, la semana ideal, el mes dorado, al año aletargado por la felicidad, toda la vida, todo me era difícil. ¿Por qué me preguntaba?
Cuando llego la semana, las cosas habían cambiado, intentaba descubrir el pasado, que incisiones tenía en el corazón, como se habían anquilosado los principios fundamentales de la vida, mi situación dependía de cosas que no conocía, técnicamente creo que no las conocía, no sabía que el Amor te podría poner en otro plano, ni lo presentía, es más creo que ni me interesaba, pues, a pesar de recordar la mirada de Ella, sabía que no debía confiar, algo intuía en mi ser de que las cosas no se darían, y no habría motivo de relación, uhmm, si es que así se puede denominar a esta figurilla.
No pasaron días, para nuevamente poner en cuestionamiento lo que yo imaginaba del Amor, consulte con Hector y Santiago y obviamente se reían de mí, me decían: “mira, te vamos a hablar como tus hermanas, ve con cuidado, no confíes, no arriesgues, además, que sabes tú de entrega, jajaja”, alguien siempre me decía un argumento diferente, una conclusión diferente, unos consejos únicos, una solución, alguien había para orientarme, para guiarme y ahí nomás, Ella apareció y me dijo: “cuando vas a pensar por ti mismo” “deja que tu corazón te guíe, así es el tema del Amor”, y Yo no escuchaba, eso es chatarra, eso es baratija, tonterías, no sabe ni lo que habla decía muy opacado por mi direccionamiento, después, mucho después, cuando me tomaba por la mano sentí algo especial, en realidad, lo escuche por el viento…Ella decía: “Aprendí a no dejar de mirar hacia el futuro, que todavía hay muchos buenos libros para leer, puestas de Sol que apreciar, amigos que visitar, a quién amar y quizás recordar de aquellos animales y plantas que nos acompañaron por mucho tiempo” “Aprendí que cuando alguien aclara que se trata de principios y no de dinero o Dios, por lo general se trata de dinero o Dios”, “Aprendí que planear una venganza solo permite que las personas que nos hirieron lo hagan por más tiempo y sin razón”, “Aprendí a esperar con una alegría intensa en el pecho la sinceridad del Amor”, “Aprendí que compartir un pedacito de chocolate, es más que hablar de Jesús”, “Aprendí que el beso menos esperado es en realidad el que más esperamos” ”Aprendí a sentir el vuelo de las aves por un amor al cielo que me acompaña cuando camino, no cuando vuelo en mis ideales”, “Aprendí a escuchar sin ser escuchado, a reír sin ser sonreído, a besar sin saber besar, a entregarme sin saber que entregaba, a sentir sin saber que esperaba, a llorar sin lagrimas en mi corazón”... Entonces dije: “No señor, el diablo esta por acá”, pare nuevamente y aunque Ud. no lo crea, le dije: “un momento, mañana te llamo” y me fui, la deje colgada con su cantaleta y el sermón de la montaña, a mi con esas cosas, no, no. Me desdibuje y creía caer en nostalgia, en depresión creo, no la volví a llamar, Ella intento varias veces ubicarme y siempre me negué, no deseaba saber nada, la evite con algo que me retorcía en el corazón, inclusive Hector y Santigo me dijeron en coro: “Déjate de huevadas y ve a buscarla, que crees que estás haciendo” “No todo el mundo va pensar como tú, no seas gil”, pensé varias veces y la fui a buscar, al día siguiente, a la semana, en su casa que nunca conocí, que nunca llegue a entrar en la sala, ni a la puerta, me enfrente con sus perros, con sus padres, con sus hermanos, con sus inquilinos, con su barrio, con todo lo que había, pero no había rastros de Ella, solamente me dijeron que se había ido de viaje, así que decidí buscarla en los terminales, en las hojas de itinerarios, en el reporte de pasajeros, en los documentos, en todo lugar que pueda leer, la escribí, la llame mil veces al móvil, le deje mensajes de voz, le dije: “TE AMO”, me conseguí todas las direcciones de sus familiares en todo el país y tome la mochila, fui tras Ella, antes había dejado mensajes y avisos por todos los lugares que habíamos caminado, pague a los niños para que me dijeran si la reconocían, entonces ahí nomás aparecería; y viaje, la busque en esos pueblos, en esas ciudades, en esos laberintos, en esos ideales, en esos sueños, en esos sus viajes que me comentaba, rebusque los lugares por donde Ella me decía que algún día estaría, las lagrimas iban de noche en noche estampadas a mi vientre, a mi ser, y me preguntaba una vez más ¿Cómo muere el amor?, caminaba por calles extrañas y creía verla, cada familiar suyo me miraba extrañado e inclusive me sentían pena, no había rastros de Ella, esa mujer que decía que me amaba, que yo simplemente no la entendía y que ahora a tanta distancia la atesoro, la extraño, revisaba los correos a diario y dejaba los nombres a sus cien poemas que escribió, y entonces mis lagrimas caían y la gente extraña de esas ciudades me decía: “Joven se le ha muerto alguien” y yo asustado decía: “El Amor de mi Corazón”, no había fuerzas para continuar, y a pesar que desfallecía, algún halo de esperanza aparecía hasta que llegue a la frontera y no di más, había navegado demasiado, he viajado en sueños y he amado a indiferencia y en abundancia y he quedado estancado en la frontera de mis ideales, mis principios, te he querido pero tú no más entendido (y sigo con la cantaleta) y ahora que doy media vuelta te tengo que decir: ADIOS, y así me fui con un dolor amargo en el pecho y decidí no volver a enamorarme, claro está, sufrí. Esto me llevo a no mesclar agua y aceite y apareció lo que tenía que aparecer, me embarque en un viaje profundo, una depresión que comenzó con la negación, me negaba aceptar que no la haya encontrado, me inunde en llanto nuevamente por enésima vez, en desaliento ¡Santo Cielo! ¿Por qué? Y daba vueltas en el cielo, luego aparecieron los recuerdos, aquél primer beso y no sé si odie, regrese alcanzado por un proyectil que me dejo ciego y en la oscuridad, aquellos días cuando arribe al epicentro del terremoto todo se desvaneció, un desgano aclaro mi panorama, se había ido como el viento de a fines de Agosto, como el último humo de la hoguera, como el último aliento de vida, se había ido con esos ojos que me regalaron Amor, se llevo seguramente mi Amor y no lucho, y así nomás, un correo apareció, una fotografía de un pueblo lejano con niños a su alrededor, estaba feliz, más abajo con letras grandes decía: “¿COMO NACE EL AMOR….?”
WILLKANINA 2008

Una Estrella de la Música


Horas cansadas en el trabajo, horas aburridas, un descanso y nuevamente a trabajar, volver a ver los gráficos, aquellas tablas que me hacen doler la cabeza. Un momento más y la concentración se apodera de mi, se acentúa el orden, las ideas vuelan vertiginosamente y se acomodan de a pocos, se instalan como ladrillos en la construcción de un edificio. Unos minutos de ausencia entre la obsesión de acabar y el descanso otra vez obligado y así otro día más se discurre por la ventana que se orienta al este, que visualiza aquella plaza territorial, sonada de voces, murmullos, tambores, quenas y una juventud que ensaya coreografías de danzas que se hacen hermosas imaginariamente para toda persona que nació por estos terruños.
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Un día más y Luisa se sentía mal, se había desmayado en las clases nocturnas y sus compañeritos la habían socorrido. Acá en casa, una vez más nadie le tomo importancia. La Luisa fue la niña casi mujer que nos atendía como mamá lo hacía, a veces con preocupación y paciencia a veces con irritación y jadeo. Los días que vinieron se atosigaron de encuentros familiares en casa, fiestas infantiles, fiestas de aniversario y fiestas populares. Es así nomás que entre el trabajo y el calendario anual de circunstancias que la Luisa murió y el patatús en casa fue general.
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Una de las reacciones espontaneas del jefe de turno había sido entendido como el berrinche del mes. Aquella reacción justificada en la mala operatividad del equipo de trabajo había generado una tensión en el ambiente y fue para mí una molestia más que afrontar, pues se entiende que por uno pagan todos.
Nadie asume la responsabilidad con hidalguía, nadie quiere ser la víctima, claro que, a veces el compañerismo es anotado como símbolo de apoyo y se agrupa el asistente, el profesional número uno, el número dos, el número tres, el técnico número uno y así va siguiendo sin tregua solo con flatulencia de asumir la responsabilidad, el honor está en juego y el nombre de la institución no puede ser mancillado, no señor, ni una mancha. Veinticinco años sin rasguños puede parecer el matrimonio ideal y el más esperado, sin embargo, eso no ocurrió en los intestinos de la otrora institución “bodas de plata”, habían sido veinticinco años codo a codo, hombro a hombro, cuerpo a cuerpo y así tenía que continuar, nada de escándalos ni pataletas de prensa amarilla o critica.
Así tenía que continuar y así debía ser asumido en la oficina del jefe, en aquella habitación que muchas veces había cambiado de forma, de posición, inclusive lo habían volteado, lo habían puesto en seis esquinas, en ¡siete creo!, inclusive se hacían reuniones de alto nivel con los documentos amontonados, con lenguas de papel de cientos de carpetas que necesitaban ser guardadas, de escritorios acongojados en miles de posiciones cuya posición inicial ya se había perdido en la crónica del primer empleado que lo pudo observar.
¡Qué tiempos aquellos¡ y ahora envejeciendo entre tanto desorden y tanta piltrafa de gente que no ha hecho otra cosa que esconder su incompetencia en las faldas de una jefa estúpida, ¡Ineficaces! ¡Estorbos del avance y el progreso! Y pues me levante en plena reunión y dije a voz en cuello: “Renuncio, estoy cansado de aguantar tanta ineptitud, siempre escondiendo la mano y diciendo hagámoslo por la institución, van a disculparme pero se van a la mierda todos..” y me aleje.
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No es que hubiese desaparecido de la historia de la casa como había pasado con las demás chicas que alguna vez atendían a los papás y mamás, quizás ni tendría la importancia acordarse de ellas si no fuese por las anécdotas que hicieron historia en la casa o en la casa de los vecinos donde inclusive se llego a escuchar que los hijos se habían aprovechado de las chicas de servicio, las atrapaban en el pasillo, las metían a sus dormitorios y tras unos empujes y risas al principio, por lo general terminaban apretados bruscamente en la cama quizás con huidizos besos a siniestra o mañoseo por todo el cuerpo de ella lo que finalmente hacía ceder el ataque del macho, la furia del hombre que usualmente atrapaba a su mujer en una fiesta de carnaval y cargándola en el hombro sabía que ya le iba a pertenecer a dicho macho, pues, así habían cambiando los tiempos, ahora te atrapaban en el pasillo y se hacía mujer en la cama del hijo del patrón. Es de conocimiento del vecindario, del barrio más moralista, tradicional, ortodoxo, clásico e inclusive medieval que esta práctica ha sido el nuevo carnaval que no respetaba fechas sino que se maquinaba en el interior de la casa a cualquier hora del día. Entonces las nuevas aventuras que le sucedían a las chicas, ahora chicas de servicio, antes empleadas, chicachas, sirvientas, etc. ha sido siempre la prueba de fuego que con el tiempo ha pasado a ser tradición y más tarde degradación cuando la chica terminaba embarazada y ya no del hijo del patrón sino del mismo patrón, tamaño era el rumor, el zumbido, el qué dirán cuando desaparecía alguna chicacha, pues se suponía que regresaba a su tierra, a su población de origen, pues no regresaba, estaba embarazada, luego aparecía un niño al cual por lo general se le tildaba de “bastardo”. Este nunca fue el caso de Luisa, pues ella tuvo el amor de su vida, la respetaron y tuvo un hijo a quién adoro y amo hasta el día que ella falleció.
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Con todos los rumores y verdades hechas realidad, las muchachas empleadas de las familias importantes, de las familias con solvencia económica, de esas familias con apellido noble, de alcurnia, de barrio pituco, de gente con harta plata y harta cerveza en las neveras, simplemente de cualquier familia que se haya estancado en la ciudad urbana, pues estaba en su derecho de poder contar con una de esas muchachas, aprender a vivir en una ciudad con obligaciones que cumplir, con tareas por realizar, algunas veces aprendidas entre lagrimas y gritos y en muchas ocasiones sorprendidos por las nuevas reglas que se tenía que conocer. Es en esas circunstancias que Luisa llego a la casa.
Un día cualquiera se abrió la puerta y una figura pálida y tímida dibujaba el reflejo del Sol con aquella tez oxidiana de su piel que se imprimía en sus ojos un susto y emoción a la vez, aquellos cabellos negros se ondulaban por momentos y se acurrucaban en sus hombros delicados cuyos brazos alargados ajustaban tenazmente bolsas dispares posiblemente de un equipaje para varios años. Luisa avanzo cuidadosamente y mi madre se alegro al verla. “Ha llegado la chica”. La casa de varios vestíbulos y con dos patios inmensos sería en adelante el hogar de Luisa, se acostumbraría a las nuevas reglas, las nuevas obligaciones, tendría que atender a mis padres y como yo era el único hijo, pues tendría que cocinar las comidas que yo quisiera. Por mi parte me daba igual quien entre por la puerta, no estaba interesado en las cuestiones domesticas para eso estaba mamá que las lidiaba con más frecuencia. Yo estaba preocupado en mi futuro: la música, que me estaba atropellando y el futuro nuevamente y la música que me encantaba y el futuro por n-esima vez, la música tenía que esperar pues parece que a papá no le gustaba, ni que decir de mi madre que una noche escuche hablar con mi padre a quién le decía: “Voy a tener que esconder esos instrumentos musicales” y mi padre respondía: “Carajo, la semana pasada ya me dijiste lo mismo…”
Bueno la llegada de Luisa tenía que ser la ocasión para qué mi madre se olvidará por una semana más el asunto de la música.
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El día que mande a la mierda a todos en el trabajo, recordé el día que tuve que guardar la guitarra, el piano, etc., fue el día en que mi padre había fallecido y dejo bien claro que le había hecho feliz la música y que siempre le gusto las melodías lástima que no viviese más tiempo para disfrutarlo. Aquél día conmovido por sus palabras entendí que mi padre siempre amaba lo que hacía y yo que lo tenía como enemigo, pues decidí encerrar todo, no dejaría vestigio alguno de la música que hacía, nada de nada, pues para que más si no lo disfrutaría mi padre…
Ahora después de tirar la puerta en el trabajo enfatizando a esos holgazanes que tenían que irse directo a la mierda…, me acerque a la habitación clausurada donde alguna vez deje la música y el cartel “Cuidado con abrir, atenerse a las consecuencias”, sin embargo Luisa, no sé cómo se las ingeniaba para entrar y limpiar de vez en cuando este lugar, de eso me di cuenta ese día, me arriesgue a abrirla y fue así en un momento que la nostalgia se apodero de mi, las lagrimas se desparramaron tal cual película dramática y en un esfuerzo por no suspirar, arranque la caja que contenía la guitarra y al acariciarla sentí nuevamente dentro de mí las últimas palabras de mi padre, intente tocar y paso a paso entonaba una melodía, otra vez por fin nos encontrábamos juntos, por fin sonaba y dejaba atrás varios años, casi una década y con ese ímpetu tome las maletas de viaje, mi guitarra, el charango, mi quena y zampoña, acomodé a como pude algunas prendas y al sosiego de la tarde salí sin que mi madre me descubriera, esta demás decir que alguien la cuidaba y no era Luisa, ella ya no estaba con nosotros, había fallecido varios años atrás.
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La colecta comenzó el día en que Luisa se derrumbo por tercera vez, algunos compañeros la habían auxiliado y en definitiva el terror de la muerte se había apoderado en el aula, pabellón y escuela nocturna. El profesor insistía en la desesperación auxiliar con sus inconsistentes conocimientos de medicina natural, sus compañeros murmullaban: “ay que le pasara a la Luisacha”, “ya son dos veces”, “ayuden pues”, algunos ojos desorbitaban y otros ojos se quedaban estáticos, las manos que sujetaban a Luisa se cansaban, los gritos de auxilio se disipaban, pues la Luisa una vez más volvía en sí y regresaba de ese viaje. “Que me ha pasado” decía. Y otra vez entre palabras mezcladas y difíciles de comprender se escuchaban en unísono: “nada, te has desmayado, nada, te has caído, nada, te has ido, nada,….”
En el aula la rutina regresaba con normalidad, los alumnos regresaban a sus carpetas de estudio y parecía ser que no hubiese pasado nada, excepto que alguien por ahí dijo “tenemos que hacer una colecta”. La colecta sería para Luisa, había que juntar algo de dinero para ver que decía el médico, para comprar medicinas para ya no desmayarse porque si no, ya no se podría avanzar con las lecciones, para poder aprender a leer y escribir.
Un letrero que el profesor escribió: “La colecta comienza mañana en la noche”… Al día siguiente todos los compañeros de Luisa, muchos de ellos de la misma condición, algunos apretados por el trabajo menos técnico posible acudían a clases, llevaban en el bolsillo un par de centavos para colaborar con la Luisacha… ella no fue a clases.
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Me fui al terminal de buses, busque el letrero de los buses que tenían un horario inmediato y me acerque al mostrador: “me da un boleto por favor” dije, y del otro lado, un joven, me contesto: “tenemos solamente un asiento en la parte final del bus”, yo dije: “no importa, me lo da”. Angustiado por el viaje y sobre todo por mi equipaje, sentí que mi corazón latía a un ritmo acelerado, más aún cuando el boleto llego a mis manos, estaba caminando hacia el embarque cuando al girar, pregunte al joven: “para donde va este bus” y él, empezó a reír. Bueno no me importo mucho, así que busque el número del Bus y ahí pude leer el destino.
Un sueño de reclamos y llamadas telefónicas agobian mi posición en el viaje, momentos de reflexión acudían a mí cual paloma mensajera huye de los halcones, es decir, a chispazos eléctricos. Al llegar a la ciudad destino, mi impresión fue diferente, “¡que interesante lugar!” camine por sus calles, busque una plaza, me senté en ella, un día entero, hice la música que quise y solo tuve que parar cuando la policía se acerco a mí, al explicarles que estaba tocando y que si la gente se acercaba a escuchar, ese no es problema, esta es una plaza pública enfatice, me dejaron, y al momento de sentir el frio, sentí hambre y sueño. Esta fue mi plaza por algunos días, música por ahí, gente por allá, y en la tarde de uno de esos días se me apareció no sé quién del gobierno de la ciudad, uhmmm! Escuche sus palabras, me dijo que los vecinos notables se habían quejado del escándalo… ¡Escándalo! No he traído un amplificador amigo. Le dije, que mañana me iría, y cumplí con mi palabra. Una ciudad más que estaba perdida en los andes, lugar en el cual si haces música se aterran los viejos y los jóvenes disfrutan. Me acerque al terminal de buses, aunque acá no había eso, sino una calle donde los buses se estacionan y de ahí me embarque para otra ciudad. La ciudad que dejaba estaba incrustada en un vallecito, había en la parte superior un lago impresionante, un verde apropiado, no tenía muchas calles y las que había corrían como hileras, en su conjunto esa era la ciudad, solo recuerdo que el nombre de laguna es: Pacucha.
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En el mes que Luisa llego, ya se sabía los nombres de todos los integrantes de la familia, se ubicaba fácilmente en la casa y tuvo que participar en la primera fiesta que se suele festejar por acá, algo mesclado entre cumpleaños y borrachera incluida. Ese día llego Felipe, el primo mayor que tenía, con el que compartía mis secretos y mis sueños de compositor, Felipe me escuchaba siempre, el no era igual que yo, tenía una mirada extraña, sus cabellos estaban con frecuencia ensortijados, sus hombros eran gruesos como el roble, el color de su piel era impar a los colores oscuros, su nariz aguileña heredada de mi tío, fue lo mejor que tenía creo, hacía de él un tipo diferente a mí. Ese día Felipe, se acerco a mí y me dijo en voz baja: “¿Quién es esa jovencita que atiende?”, y yo le observe frunciendo el ceño, y le dije, “ni te atrevas, mi mama te mataría”. El observaba y observaba y no dejo de observar por mucho tiempo hasta que la Luisa se dio cuenta. Ese día habrá sido uno de esos días en que la vida te regala los primeros temblores del amor, los momentos en que tienes que ir a cazar, capturar, conquistar, enamorar, porque después de eso, la Luisa quedo embarazada, de eso nos enteramos varios meses después, cuando Felipe regreso a casa y confirmo con la cabeza en alto que venía con frecuencia a la casa por lo general en la noche y que amaba a Luisa. ¡Boom! El sopor fue general, mi tía se doblo en dos, mi padre ni que decir, mi madre estaba en un llanto horroroso. Mi padre dijo: “Carajo, ahora vas a ver sinvergüenza” se acercaba a Felipe mientras volvía a decir “si tu padre estaría acá lo hubieses mandado nuevamente a la tumba”. Felipe ensimismado, dijo: “Tío usted no ganara nada metiéndome la mano” “Yo amo a esa mujer y la he escogido a ella, el resto no me importa, si me apoyan bienvenido, sino también”. Mi padre se hecho al mueble y tras suspirar dijo: “Tiene razón, el ha escogido, y creo que ya es hombrecito para que pueda decidir su futuro”. La Luisa, estupefacta por todo lo que pasaba, ahí paradita como una estatua, lloraba inconsolablemente, me acerque y le dije: “no llores, vas a ser mamá, tienes que estar feliz” y me dio un abrazo. “Perdóneme joven” me dijo. “Acá no hay perdón Luisa” “Mi primo te ama, eso es suficiente, deja de llorar, a los viejos ya se les va pasar”. Ese día mi tía, no quiso volver a venir a la casa so pretexto de que la Luisa estaba ahí, ese día también, Mi madre tuvo que asumir su papel de abuela, y qué decir de mi padre, estaba que me buscaba cada día para darme unos sermones de horas interminables mientras yo pensaba en ser una estrella de la música, solo prestaba atención, cuando decía: “Ni se te ocurra eso de ser una estrella de la música”.
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Había viajado por varias ciudades, en cada una de ellas ya iba comprando equipos de audición, micros, luces, cajas para guardar mis instrumentos, me hice crecer los cabellos, los pantalones se hacían más viejos que daba miedo ponérselos porque parecían que iban andar solos, encontré a un socio, otro perdido e iconoclasta amigo de ruta, muchacho que se empantanaba en la mariguana, pero que me acompañaba como parte del equipo, con el hicimos contacto en una ciudad con un calor infernal, mucha humedad, muchos moto taxis, las mujeres y los hombres caminaban con poca ropa, pues en ese pueblo hicimos nuestro primer concierto que es necesario explicárselos: Llegamos a la plaza pública en día de feria, nos sentamos unos minutos para ver cuál sería el lugar ideal para comenzar con el show “rock en los ríos del amazonas”, busque el lugar para ver de dónde obteníamos electricidad, que es vital en nuestros conciertos, luego de hacer trato con el suministrador de energía, acomodamos nuestras cajas, prendo el amplificador, voy poniendo una música suavecita, vamos instalando nuestros artefactos, las luces para estar preparados para la noche, los cabellos agarrados, las botas siempre relucientes porque todo entra por los ojos, instrumentos musicales fuera, prueba de sonido, maleta de CDs en nuestro mostrador de ventas, telares andinos por ahí, maletín abierto para las monedas que lluevan, y así nomás, que comience el show, la gente se iba acercando mientras tocábamos una entrada sutil, de ahí algo pegajoso, de ahí el pueblo era nuestro, cantamos, reímos, vendimos, enamoramos a las chicas, nuestras fans, bailamos, hicimos bailar, y como todo show tiene su final, teníamos que despedirnos, pues así era siempre, nos despedimos, y ya teníamos para vivir una semana más, en esta ocasión, se nos acerco un señor, invitándonos a tomar unos tragos y a proponernos que tocásemos en su bar, lo cual aceptamos y la historia ahí ya es otra…
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Felipe se había enamorado perdidamente de la Luisacha, que le había prometido el cielo, el oro del mundo, los ríos de las quebradas, el aire que respiraban, y las cuentas por pagar que vendrían con el bebe en camino, pues, no se quedo defraudado, su hijo era prioridad y como tal dijo: “Me voy a trabajar” entonces en la casa sonaron las campanas, los pájaros saltaron de árbol en árbol, la Luisacha se puso feliz y ya no tendría que servir platos y cocinar para mi madre, y dije también: “ahora otra vez, a buscar una chica, estoy jodido, me van a quitar mi guitarra”. Cada vez que se iba una chica, venia mi madre más seguido al patio y observaba como iba horas yo, volando en la melodía diáfana, en el contubernio y los gritos de la masa, ahí, cuando me gritaban “otro, otro, otro…” Y mi madre me gritaba, a qué hora vas dejar eso, y me traía al tiempo presente y me destruía el sueño de las estrellas, la cosa se ponía peor cuando aparecía por ahí mi papa y yo buscaba los recovecos para escabullir y dejar mis armas a salvo, de ahí venía el abrazo y la conversadera de varios minutos donde yo asumía mi papel de niño aplicado y posible medico de la familia con una brillante carrera, tenía que seguirle la cantaleta porque lo mío era la música, solo música y nada más que la música, mientras en la casa, Felipe y Luisa se amaban a morir, mientras en el pueblo, el golpe militar había hecho mella en la sociedad burguesa, y el sol moneda nacional, que cuando tenía más de tres monedas en el bolsillo ya se me iban cayendo los pantalones y decía soy rico, pero bueno, la conversación de padre a hijo creo que no era comunicativa porque prefería los temas míos y mi padre de eso era incapaz de hablar, “ese tema no se toca y punto” me dijo la vez que tome valor para decirle que me haría una estrella de la música, mi madre le seguía en el jueguito porque para ella los artistas se mueren de hambre, el arte no tiene precio, el arte es de artistas, quién la da valor al arte y cosas así que terminaron por definir mi decisión. Seré artista y punto.
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El día que llegamos a la frontera de un país, tuvimos que tantear el tema para internacionalizarnos porque ahí estaba la oportunidad nuestra gira mundial, ya los pueblos de nuestra patria habían gozado de nuestra música, inclusive se escuchaba en radios y querían buscarnos para grabar discos y esas cosas, pero bueno, en nuestra filosofía estaba primero la gira mundial y después la gloria, aunque nuestro grupo no tenía nombre y estaba conformado ya por tres personas, dos de ellos hombres de drogas, mujeres y alcohol, mientras yo era el administrador y gerente del grupo, y llevando adelante la furgoneta la cual en muchas ocasiones era nuestra vivienda, hogar, central de energía, escondite de los que no estaban de acuerdo con nuestra música, era nuestro carro que tuvo que sortear muchas carreteras, quebradas con precipicios, atardeceres imperecederos, viajes al borde de los ríos más caudalosos, atravesaba montañas, valles inmensos, planicies donde la bulla del viento y el desplazar de la aves era la panorámica que nos inspiraba para los temas más lacónicos que producimos, nuestra carcocha muy querido por cierto aguanto la lluvias de la costa, sierra y selva, lluvias en ventarrones, lluvias horizontales, en diagonal, ahí donde nosotros luchábamos en un lodo hasta las rodillas, empujando, con palos, picos, sogas, ahí donde nuestro caballo de batalla no se rendían y al tropel de su motor ya exigido avanzaba por un barro interminable, por caminos que se convertían en ríos, por pueblos que nos recibían siempre con los brazos abiertos, por ciudades que nos observaban como banda de jipis o mariguaneros, pero daba igual, nosotros después de un buen baño y de una limpieza general de nuestra furgoneta, y esperando el día de feria donde las leyes son flexibles otra vez entrabamos en acción, buscando el mejor sitio, afinando los instrumentos, ya nuestra camioneta estaba detrás del escenario haciendo de telón, ahí donde preparábamos todo hasta que llegaba la hora y sonaba la música, el murmullo de la gente, de aquellas personas que vinieron a la feria dominical pero que se encontraron con tremendo grupo musical y se quedaban a bailar y lidiar y libar y a pelar y hacer el amor y un día más, ese lugar si mal no recuerdo se llamaba Pedro Ruiz creo… bueno en la frontera recapitule el tiempo que estuve fuera de casa por lo que tuve que hacer la llamada de rigor, seis meses después una voz al otro lado de la radio decía: “hijo por donde estas, porque me dejas llorando…”
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Y entonces Felipe se fue, y no supimos más de él, mi tía prácticamente se quedo en estado catatónico, mi madre no sabía qué hacer y mi padre había decidido ir a buscarlo porque se tenía el rumor de que había desaparecido. Entonces una vez más la Luisa, lloraba en el rincón de su cuarto, ese día no fue a clases y dejo al bebe en casa, salió desesperada a rezar, algo en su corazón no la dejaba vivir y era que el amor de Felipe había desaparecido, ¿Qué sería de él?, a nadie conto de sus tres desmayos, nadie sabía que moría de amor, algo se apagaba en ella y definitivamente era los recuerdos de Felipe y los ojos de sus bebe, que no comprendían que no vería a su padre y que la ley de Dios le había enseñado que tenían que estar los dos padres sino eso no se considera familia, no señor, entonces Luisa se aferraba a su fe eterna, suplicaba al señor por el regreso de Felipe y una vez más algo se apagaba en su corazón y en su ser, la complicidad de haber traído al mundo a un bebe que no estaba dentro de las reglas de la vida. La vida en la ciudad era diferente y acá tienes que estar en concordancia con lo que dice la gente, nada de meterse con los hijos de los patrones, o patrones o patronas, nada de tomarles cariño, si haces eso, serás castigado por el fuego del infierno y arderas en la caverna de la osadía, oh! Mujer porque pusiste tus ojos en él, porque te dejaste atrapar aquella noche en el patio, y dejaste que tus labios sientan el calor de Felipe, porque no controlaste tu posición y no mediste las consecuencias… ahora Felipe no aparece y parece ser que ha muerto… donde esta Felipe gritaba asustada y se acusaba de ser la culpable y entonces una mañana, Luisa no apareció en la cocina, yacía a lado del bebe muy entristecida y con las lagrimas frescas, una sonrisa de perdón y el olor del último beso a su bebe que lloraba la ausencia de su madre, había muerto de amor y de la ausencia de fe y de haber violado las reglas del lugar donde vivía. Ese día mi madre se desmayo y yo tuve que asumir el papel del hombre de la casa pues mi padre estaba de viaje buscando a Felipe… Regreso sin rastros de él.

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Todo comenzó el viernes, una lluvia de esas que aparece entre Enero y Marzo avisaba que no tendría que esperar demasiado y al fin la verdad llegaba a los oídos de mi Padre, Jose Luis el hijo de Felipe había desaparecido misteriosamente de la casa, pues, la madre de Felipe la había mandado a robar, secuestrar, bueno en la realidad no se tiene evidencias fehacientes del hurto pero se sospecha al cien por ciento. Mi padre soltó el berrinche del jefe a quién le fallan y las lagrimas que inundaron su rostro ya envejecido, apañado por el lunar cercano a su pómulo izquierdo, sus manos temblaron y mi madre por primera vez acudía con estupor a su lado, sentía que el mundo se nos iba. “Cómo me has podido ocultar eso mujer” decía entre gritos, llanto y golpes a la meza. No hay duda esa mujer se lo ha llevado y entre atajos y lamentaciones de mi madre salió enfurecido, quizás iba a buscar justicia, quizás iba a traer a “José Luis”, pues, fue lo primero, mis padres se metieron en un juicio de esos que nunca acaban por “José Luis”, sin la madre ni el padre, el robo, los papeles, se mezclo todo que la mamá de Felipe quería tenerlo a toda costa, y especialmente mi padre no se iba a dejar derrotar por sus cuñada, eso si no, las querellas comenzaron en Marzo, tuvo que pasar semanas para comprender que habíamos vuelto a perder a alguien en la casa, a cambio, aparecieron dos chicas más en nuestra cocina y patio, las dos cuidando de mis padres. Mi tiempo estaba sofocado por los estudios y la música y en otras ocasiones por la música y los estudios hasta que llego el día de la graduación y la alegría recorrió otra vez los jardines de la casa, los murales de las paredes brillaron, los portales se hicieron vivos, los amigos llegaron, el sol relucía a borbotones, los sonidos chillaron y la comida desfilaba al compas de los brindis, y la sonrisa de emoción de mis padres para ellos ya no sería “estrella de la música” o “músico estrellado” sería ingeniero, político, gobernador y no sé qué cosa más. Lo cierto es que ese día me deshice del título, grado y regrese a mis planes de canta autor, al lado mío estaba José Luis caminando y gritando, me decía: “Tío, haber toca tu guitarra…” y yo le decía: “Chussss, cierra el pico” “Tío puedo tocar yo” “Ni en sueños mocoso, lo tuyo será otra cosa…”
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La pesadilla de vivir en dependencia de un salario había pasado a la historia, nuestro grupo musical ya había adquirido un sintetizador de varios canales, accesorios de amplificación, dispositivos que hacían de nuestras presentaciones cada vez más profesionales, nos inspirábamos en el día a día y no tomábamos en cuenta el mañana, atravesamos la frontera y en el interior de un barco de vapor, viajamos por uno de aquellos ríos que solo se siente una vez y luego pasa a ser parte de ti, aquél río que conversa que atina a acariciar el pensamiento, que se desplaza tranquilo, sempiterno, que culebrea en kilómetros y agrupa miles de seres vivientes, pues, en el íbamos, desmontando nuestros pesares y reflexiones y nuestros equipos en la sala de baile y presentaciones, ahí tendríamos que hacer la música, ahí vendría el charloteo y el baileton, mientras las avispas volasen o los mosquitos acompañasen y el ritmo sea alegre para los viajeros, ahí estaba yo observando el azul, el rojo amarillo del atardecer, un suspiro y “boom” otra vez a tocar…
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El día que entre a trabajar en la otrora institución pública aún no tenía los veinticinco años cumplidos me había hecho la promesa de no estar más de tres meses, tiempo suficiente para terminar mi plan de viaje para ser una estrella de la música. No obstante, termine tres años ininterrumpidos con méritos y ascensos. Mis padres estaban felices y me permitían tocar con más libertad en la casa, siempre tolerando que lo mío fuera el progreso. Ya había cicatrizado las heridas del pasado solo que esta vez mi padre cayó en un malestar que no se detuvo y tuvimos que estar a su lado junto con mi madre y José Luis los días que podía. La luz que llegaba a su habitación le daba más vida, los cuadrantes de sus ventanas se hacían hilarantes cuando bromeábamos y nunca pretendíamos hablar del pasado excepto por el abuelo y aquél don que poseía: el de violinista. Yo decía ahí está el problema, el abuelo era el músico de la familia y mi padre siempre me hablaba de él con mucho cariño, llego así el día en que él nos dejo, mi padre en tono emocionado y sincero me dijo: “hijo siempre me ha gustado tu música, me hace recordar a las melodías de tu abuelo” y aquél momento entendí que la relación con mi padre siempre estaba ahí, aceptando mientras me aconsejaba que la vida de ahora es de retos pero estos retos tienen que estar acompañados por una profesión, algo que una vez que caigas te ayude a levantarte, recordé sus consejos en el jardín de casa, en el patio, en el comedor, en la sala. Fue un viernes el día que falleció mi padre, en una tarde donde el dolor me apachurro y me entrego a una depresión que solo el trabajo y la alegría de mi madre supo sostenerme en pie hasta que llego el problemón en las oficinas y esta se fue haciendo cada vez más patético. Una total tómbola de favores se habían puesto al descubierto y los favores siempre se fueron constantes y sonantes, fue quizás el día en que me encontré consigo mismo y tome la decisión de dejar todo esto.
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Así llegamos a tocar en puertas, en bares de esquina, en plazas impúdicas, en mercados adelgazados por el calor, en barrios aparcados a la sabana verde, nos atosigamos de alcohol y en otras ocasiones de las drogas que circulaban en especial de aquellos que eran naturales, desplazamos nuestra furgoneta a ciudades más grandes, mucho más modernas y nos encasillamos en una tienda de ropas de la avenida principal más concurrida, converse con la encargada de la misma y quedamos en utilizar su mostrador de ropas que se orienta a la avenida, íbamos a montar nuestra presentación dentro de una vitrina de ropa y así lo hicimos, comenzamos en una tarde inolvidable y todos se iban acercando, los que podían tomaban fotografías y nosotros por fin éramos estrellas de la música, tocamos un tema de un grupo que sonaba con fuerza en un país lejano, lo llamaban: Los Beatles y ahí la gente saltaba y lloraba y reían y nos adoraban, más allá entre el tumulto un rostro me observaba serenamente, seguía yo con la guitarra pero su mirada era intensa y de pronto mi voz se apagaba, mis ojos lloraban y en la emoción de todos los sentimientos juntos salí disparado por los vidrios, caí y me levante una vez más el tumulto seguía gritando, pensaban que era parte del espectáculo al tiempo que yo dejaba todo y me acercaba a esa persona, lo alcance y vi su rostro, me observo, toco mi rostro y las lagrimas sucumbieron de sus ojos, su mundo volvió a aparecer, su memoria se activo y en unos de esos abrazos que jamás uno puede olvidar había encontrado a Felipe en el jolgorio de una de mis presentaciones, en una ciudad que tiene un mar llamado Atlántico, ahí Felipe recordó todo y lloro junto conmigo, su emoción y tristeza fue saber que José Luis existe.

Willkanina. Diciembre 2009